jueves, 20 de noviembre de 2014

LA ÉTICA DE LAS FRONTERAS

“La practicidad de la Historia Científico-Humanista solo puede ser de otro orden y apoyarse sobre una necesidad social y cultural diferente: la exigencia operativa en todo grupo humano de tener una conciencia de su pasado colectivo y comunitario”
Enrique Moradiellos, 2009
Debo comenzar aclarando mi punto de vista: las fronteras no son buenas ni malas, sino necesarias. Los límites son fundamentales en las etapas tempranas de nuestra evolución, durante nuestra educación para modular el comportamiento. Las culturas acotan sus zonas de influencia, lingüística y socialmente. Los grupos y las estructuras sociales se organizan alrededor de sus normas culturales, las cuales se transmiten, comparten y modifican en función de la evolución o la involución de sus sistemas. En mi opinión, son necesarias las fronteras para no homogeneizar las culturas, no pasar el rodillo multicultural sobre las diferentes etnias. El riesgo está en que una cultura dominante arrolle al resto, que se pierdan elementos de riqueza e intercambio social. Según el “Informe de la ONU sobre el Estado de las Ciudades del Mundo 2004-2005” en el año 2004 la mitad de la población mundial vivía en grandes aglomeraciones (las denominadas “megalópolis”). Para el año 2030 ese porcentaje habría subido hasta el 60% de las personas de la Tierra (aproximadamente 5.000 millones de habitantes). Sabemos por la Psicología Social y la Sociología Clínica que el ambiente de las grandes ciudades deshumaniza y despersonaliza, genera desintegración social, desigualdad y violencia. Desde la aparición del Estado-nación en el siglo XVII , las fronteras han sido mecanismo de control y restricción de paso de viajeros por diferentes motivos: comerciales, políticos , defensivos, étnicos… En este contexto social global y masificado, en un mundo que tiende al libre acceso, en el que los desplazamientos se han agilizado hasta un límite insospechado hace 50 años, que ha evolucionado hacia el tránsito y la movilidad exterior de habitantes y visitantes, ¿qué sentido tienen las fronteras, ya sean geográficas, culturales o militares?, ¿para qué mantenemos límites territoriales basados en intereses económicos y políticos de hace siglos?, ¿cómo se pueden seguir explicando y defendiendo las fronteras de línea recta que separan de manera completamente artificial gran parte de los países africanos? Una visión etnocéntrica occidental provoca la necesidad (en ocasiones basada en reminiscencias del pasado) de definirlas muy claramente dentro de sistemas sociales con intereses defensivos y de protección. Este argumento requiere de ciertas condiciones: tienen que ser un número concreto y estables en el tiempo; no pueden ser cerradas para unos y exageradamente abiertas para otros; las consecuencias de la aceptación del límite deben ser reforzadas en el tiempo (si no queremos que se extinga dicha aceptación)…Esos agravios comparativos reducen el aprendizaje y aumentan los conflictos interpersonales, además de los sentimientos negativos. En la actualidad , nos encontramos con evidencias del uso fraudulento de esas condiciones para las multinacionales que deciden fragmentar su actividad buscando el lugar del mundo donde corresponder menos con el Bienestar general . Paralelamente, a la opinión pública le parecen gravosos los casos de próceres y prohombres que aprovechan su acceso a una mayor movilidad para utilizar en su propio lucro la legislación internacional. Las fronteras entre Madrid, Gibraltar, la isla de Man, Andorra, las Bermudas, Luxemburgo, Suiza…no existen desde un punto de vista económico. La nacionalidad no importa, de manera voluntaria estos grandes hombres acepta ser un número de 20 dígitos en una entidad financiera internacional. El daño ya está hecho, no podemos creer en las nacionalidades cuando los supuestos defensores de las leyes las pervierten. La desconfianza ya se ha creado, la identidad social también. Porque esa es una parte que la mera territorialidad no explica y son las emociones sociales y su evolución: los contextos han variado, las sociedades han evolucionado, los sistemas se han redefinido y reconstruido varias veces y las fronteras…también son modificables. Las tecnologías de la información y la comunicación nos vinculan de una manera tan fuerte que Facebook es la segunda nación más poblada del mundo. Sus fronteras son infinitas, su legislación es difusa y su sistema de protección es inexistente. Los conceptos asociados al control territorial se pueden modificar geográficamente, tendrían que evolucionar políticamente, se deben eliminar económicamente, van a cambiar socialmente. Por una cuestión pura de contextualización. Si pretendemos eliminar este objetivo de barrera que nos impide unirnos , el sentido de las fronteras es viajar, descubrir nuevos mundos en este. Encontrarse con el otro, respetar otras culturas, otras formas de vida. El peligro de no tener fronteras es homogeneizarnos, unificarnos, perder nuestra identidad y nuestra esencia. Aunque solo sean psicológicas, tan solo por saber que he llegado a otro lugar y que debo tener una mirada de viajero, de visitante, de extranjero, de “bárbaro”…Que debo inundarme de su cultura, de sus rituales, de sus normas sociales, de sus sentimientos. A veces, cruzar una frontera es lanzar una moneda al aire y esperar a ver qué sale, qué ganas y qué pierdes. Es una aventura que no podemos descartar dentro del aprendizaje vital. Porque esa es otra frontera de nuestro conocimiento, de nuestra experiencia. En nuestro propio cerebro está la última frontera. Ese mismo mecanismo que permite diferenciar en nuestra mente, en nuestra conciencia, los motivos por los que legitimamos las fronteras geográficas, y poder evitar una reconstrucción de la Historia, una tergiversación de los hechos o unos intereses descontextualizados. La Ética de las fronteras, la última frontera.
"El sentido de la vida es cruzar fronteras"
Ryszard Kapuscinski

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