miércoles, 11 de enero de 2012

LAS ADICCIONES COMO NECESIDADES II

Hay un debate muy complejo en la obra y es el concepto de “tomar conciencia de la adicción”, sobre todo debido a la repercusión y las consecuencias morales que plantea en el entorno y contexto social inmediato de la persona con el problema de adicción. Desde el punto de vista del adicto, es perfectamente posible el tener esa conciencia del problema y manifestar la incapacidad de dejar la adicción. Asimismo, es posible cumplir todos los criterios diagnósticos objetivos para poder ser considerado un adicto y no reconocerlo, o negarlo, o utilizar la ausencia de presión externa para no aceptarlo. Nos encontramos a menudo con este tipo de contradicciones, ya sean la negación de la existencia del problema, de su importancia o la no selección de un problema específico En los tratamientos psicoterapéuticos para personas con problemas de adicción se trabaja mucho sobre estos aspectos, en dos sentidos diferentes: para conseguir generar una “autoconciencia” que permita el desarrollo de una motivación propia (“sé que tengo que cambiar, aunque no sepa cómo”) y para conseguir desarrollar una “moral de la responsabilidad” en el adicto. Como dice Adela Cortina:
“Cuando llegamos a afirmar que somos nosotros quienes construimos el mundo a nuestro sabor, desde nuestras ideas, sin necesidad siquiera de hacer pie en la realidad, hemos convertido el idealismo sano en un idealismo patológico. Y como sucede que todo conocimiento viene movido por un interés, (Scheler, Apel o Habermas), las más de las veces este idealismo enfermo está manipulado desde intereses individuales o grupa-
les: interesa creer que somos nosotros quienes construimos la realidad porque así podemos manipularla a nuestro gusto. Los planteamientos éticos que parten de la psicología de cada individuo y tratan de llegar a partir de ella a la conveniencia para cada uno de aceptar determinadas propuestas morales carecen de realismo, porque no existen individuos abstractos, independientes de los pueblos, las culturas y las épocas. Cada uno de nosotros es hijo de su tiempo y de su lugar, sencillamente porque devenimos personas a través de un proceso de socialización, en el que recibimos el
legado de tradiciones de nuestra sociedad concreta. Desde esta perspectiva se abre paso
lo que llamaríamos una «moral de la responsabilidad», entendida ahora no tanto en sentido weberiano como contraposición a la moral de la convicción, sino como contrapartida de la «moral de la irresponsabilidad». Porque el que intenta eludir la realidad y no responder de ella, como si no presentara sus exigencias ni tuviera relación con él, practica una moral de la irresponsabilidad, que a la larga acaba pagándose. Lamentablemente, no siempre es el irresponsable quien paga las malas consecuencias, sino otros más débiles que él.”
Como también explica López Azpitarte:
“ ... Si queremos vivir de una manera adulta, no basta el sometimiento a lo
mandado por la autoridad, sin saber dar una explicación motivada de nuestra conducta. La justificación última sobre la bondad o malicia de una acción no se encuentra jamás en el hecho de que esté mandada o prohibida - esto constituye lo más característico del comportamiento infantil... -, sino en el análisis y estudio de su contenido. Hay que pasar de una moral heterónoma e impositiva a una conducta autónoma, adulta y responsable.”
¿Cómo estudiar esta “moral de la responsabilidad”?. Dentro del grupo de investigación en Neuropsicología de la Universidad de Granada, en un proyecto dirigido por Antonio Verdejo y llevado a cabo por la investigadora Martina Carmelo Perera, se están realizando estudios sobre toma de decisiones y juicios morales en personas con problemas de adicción, buscando la proporción de “decisiones utilitaristas” por parte de las personas con adicciones, con serios déficits en empatía y una dominancia de las ganancias individuales sobre las recompensas grupales. Por eso, el concepto ”dependiente” en los adictos va mucho más allá del consumo de tóxicos, ya que está más asociado con esa “ausencia de autonomía moral”, contraponiéndose una postura inmadura e irresponsable (propia del adicto) a una conducta responsable y adulta. A pesar de que Elster afirma la “capacidad de tomar decisiones y elegir de cada persona”, esa capacidad se ve mermada en la persona con problemas de adicción debido al mantenimiento permanente de una idea recurrente en la conciencia. Esa idea recurrente, que se puede convertir en una obsesión, termina generando una serie de comportamientos ritualizados y compulsivos que rebajan el nivel de ansiedad de la persona cuando tiene esas ideas. Desde un punto de vista terapéutico, la abstinencia en el consumo sin modificación de hábitos de vida y comportamentales es imposible, pudiendo ocurrir que se busquen sustitutivos farmacológicos que permitan el mantenimiento de un “cierto grado de abstinencia en la sustancia principal” sin fomentar un cambio en el estilo de vida, toma de decisiones, afrontamiento, gestión emocional…Se coloca el carro delante de los bueyes y, al final, la persona recibe la etiqueta de “Xnómano”, de “consumidor de sustancias” y no la consideración de persona con muchas más facetas vitales. De esa manera, hablamos de cocainómanos, alcohólicos, heroinómanos…Despersonalizamos a esos grupos humanos, les conferimos las cualidades de las sustancias de consumo.

LAS ADICCIONES COMO NECESIDADES I

En muchas ocasiones las personas con problemas de adicciones explican cómo su listado de necesidades (utilizando la definición “necesidad” tal y como está explicada dentro de la pirámide de Maslow) se ha visto alterado tras el consumo. Como lo escribe Elster: “La necesidad de droga que tiene el adicto es tan potente que hará cualquier cosa por conseguirla. Si esta idea fuese correcta, la demanda de droga no debería ser tan elástica respecto de su precio. Sin embargo, los datos muestras que los consumidores son bastante sensibles a los cambios de precio". Desde la perspectiva política y económica del “embedded” o empotramiento de Polanyi, esta necesidad determina gran parte de las actitudes y decisiones de las personas. Dentro de los tratamientos habituales para las drogodependencias y las adicciones no suele ser habitual hablar en términos sustantivistas, mucho menos incluirlos dentro de los factores de intervención.
La identificación de Elster con el individualismo metodológico, y su opinión sobre el consumo de drogas como una decisión personal, implica la noción de “adicción” con una fenómeno “integral” que necesitaría de un modelo no reduccionista de explicación: “La emoción y la adicción forman parte de un circuito mental que discurre desde los impulsos claramente viscerales (como el hambre, la sed y el deseo sexual) hasta la adopción serena y racional de decisiones”. Así, las motivaciones viscerales y fisiológicas se verían relacionadas con aspectos cognitivos y culturales, permitiendo diferentes estudios y análisis tanto etnológicos como psicológicos. En el libro “Sobre las pasiones” Elster desarrolla una interrelación entre los tres enfoques explicativos de la conducta: la neurobiología, el análisis cultural y la teoría de la elección. Sobre esos enfoques se organizan análisis paralelos de los fenómenos de la emoción y la adicción para definir sus características comunes y sus diferencias. La relación entre los aspectos cognitivos, las elecciones y la racionalidad por un lado y, por el otro, los aspectos fisiológicos como la ansiedad y las alteraciones en el estado de ánimo sirven a Elster para estudiar el comportamiento humano, evitando una postura conductista sino desde la complejidad que añaden todos estos factores al cortejo comportamental de las personas. Todo lo que sea ir más allá de los tradicionales conceptos de Condicionamiento, Aprendizaje, Memoria, Atención, Percepción, Sensación, nos permite conocer en profundidad la maravillosa dificultad de entender la (en ocasiones incomprensible) respuesta humana, además de ir complementando las explicaciones de fenómenos complejos, como la adicción.
En “Alquimias de la mente” (1999) Elster utiliza la Teoría de Juegos para explicar los mecanismos implicados en la toma de decisiones, poniendo alguno ejemplos como la fábula de la zorra y las uvas de Samaniego, que ya daba nombre a otro libro (“Sour grapes”). Con estos ejemplos pretendía demostrar la necesidad de incluir, en aquellas ocasiones en las que las leyes no son útiles, explicaciones causales procedentes de la cultura y la sabiduría popular que nos permitan entender en qué circunstancias una decisión en los límites de la racionalidad ha sido tomada por una persona. La decisión de empezar a fumar es una decisión irracional e irresponsable, aunque individualmente libre y legítima, ya que se desconocen las posibles consecuencias reales de dicha decisión; la decisión de dejar de fumar es una decisión responsable y racional, ya que se conocen dichas consecuencias, aunque puede no ser libre ni estar motivada por una iniciativa propia.
En realidad, es un mérito de su obra el ser capaz de alejar el “estudio de los sentimientos” del laboratorio de neurociencia lo suficiente como para acercarlo a los más diversos contextos: allí donde haya emoción, habrá un ejemplo de mecanismo. Aquí es donde entra una de las influencias reconocidas de Elster: donde Montaigne hablaba del alma humana, Elster profundiza sobre los sentimientos de las personas con la honestidad, recurriendo a fábulas, proverbios, novelas, neuropsicología, fisiología de la conducta…llegando desde lo más abstracto a lo más concreto, en un estilo que combina la filosofía de la ciencia con la imaginación, aceptando la crítica de “dispersión intelectual” recibida desde el racionalismo más tradicional. Su enfoque multidisciplinar en la búsqueda de mecanismos que expliquen la adicción y su relación con las emociones humanas le obliga a colaborar con todo tipo de profesionales: economistas, psicólogos, sociobiólogos, neurólogos, psiquiatras y filósofos. De esa manera, integrando todos los conocimientos posibles sobre el fenómeno, su enfoque multidisciplinar permite un modelo interdisciplinar de explicación y posterior aplicación práctica. No es un proceso diferente del que llevan a cabo otros investigadores como Antonio Damasio cuando explican que “El alma está en el cerebro” utilizando neurociencia y filosofía de las religiones. En este proceso integrador se complementa la visión del fenómeno de las adicciones con otros componentes, no solo emociones: valores, creencias, motivaciones, expectativas, recompensas, normas, límites, responsabilidades, sistemas sociales, elementos culturales, toma de decisiones…La explicación más completa sobre todos estos aspectos la encontramos en “Sobre las pasiones: Emociones, adicción y conducta humana”(2001), donde Elster define en cada capítulo aspectos como «Elección, emoción y adicción », «La elección de convertirse en un adicto», «La adicción y el autocontrol», utilizando un enfoque racionalista que evita la visión causal y las explicaciones reduccionistas que la psiquiatría, la neuropsicología o la fisiología de la conducta podrían darnos por válidas sin reconocer su condición de incompletas.
Elster muestra una mirada etnológica al referir que en todas las culturas existen aspectos de la conducta humana que son semejantes, sin evitar las diferencias que pueda existir entre las diferentes sociedades, aceptando las diferentes acepciones que emoción y adicción puede tener en cada contexto. Las creencias también tienen su participación en las investigaciones de Elster, especialmente la manera en que la creencia “disponer de droga” activa la ansiedad de la persona hasta un punto similar al consumo, el conocido “craving” de la cocaína, que se satisface únicamente con el consumo y que, sin embargo, se extingue en breves momentos cuando no hay sustancia que utilizar. Es un mecanismo tan rápido y brutal de respuesta, generando una situación en la que el ansia no se sabe con claridad si es causa o consecuencia de las drogas, que no permite un análisis cognitivo por parte de la persona que lo sufre y que genera una activación fisiológica y emocional desmesurada. Casi como estar colocado. Una situación cercana a la euforia, real o figurada, que se convierte en depresión al no poder ser satisfecha. Estas creencias no tiene que basarse necesariamente en algún hecho o situación real que haya sucedido: basta con que esté relacionada con una tendencia o idea relacionada con la vivencia de la persona para que ésta lo convierta en una razón suficiente para basarse en ella para tomar sus decisiones. La activación emocional relacionada (rabia, odio, ira, frustración, impotencia, soledad, culpabilidad y fracaso posteriores) se puede convertir en un motivo suficiente para justificar una próxima recaída, un nuevo consumo, seguir manteniendo el mecanismo que permita la conducta de usar drogas, ya sea como causa de la activación o para evitar la carga displacentera. Se pueden llegar a buscar conflictos, problemas, discusiones, peleas, que permitan la sostenibilidad del sistema como manera de cubrir las necesidades de la persona con problemas de adicción, aunque esas necesidades puedan llegar a ser mortales, como las drogas.
“La creencia en la fuerza irresistible de las drogas puede ser una excusa conveniente en vez de un diagnóstico causal preciso"
Debemos tener claro que estos mecanismos son similares en personas con problemas adictivos con sustancia y sin sustancia: Elster habla de una “urgencia semejante”, independientemente de sustancia o actividad adictiva. Eso sí, también indica que cuando esa urgencia está relacionada con una conducta autodestructiva, el sujeto se resistirá a llevar a cabo dicha actividad, intentando evitar la vergüenza de recaer y procurando evitar el riesgo. En estos casos, queda clara la diferencia entre los humanos adictos y los animales de laboratorio que se convierten en adictos: el ser humano tiene conciencia de problema, aunque en sus inicios la negación de esa evidencia sea un mecanismo habitual de defensa. La capacidad moral de la persona hace que, aunque sea por presión externa en muchas ocasiones, los humanos seamos capaces de reconocer aunque sigamos haciendo la conducta adictiva. Esa carga emocional, implicada en la situación social, sería la enorme diferencia entre los animales y las personas: el miedo, la frustración, la rabia, el amor, la culpabilidad…son humanos, se relacionan con la conciencia, tienen que ver con las relaciones humanas, son características de las personas, aunque a veces sean reflejos de la conducta adictiva.
Sobre la investigación, para Elster los estudios con animales (como los desarrollados con monos o ratas) no pueden mostrar resultados concluyentes sobre el repertorio emocional completo de las personas, ya que las emociones humanas se manifiestan por creencias relacionadas con el bagaje cultural y la relación dentro del contexto social en el que las personas nos hemos integrado. También plantea la distinción entre las distintas emociones: encontraríamos las fuertes o profundas, y débiles, así como emociones complejas o simples. Para el autor debemos tener muy en cuente un importante grupo de emociones, las denominadas emociones sociales (la misma denominación que da la doctora Volkow para categorizar en la investigación), que se relacionan con actitudes en el sujeto y que pueden estar vinculadas a acontecimientos o vivencias de su pasado, susceptibles de activar el circuito afectivo (tanto positiva como negativamente) en el presente. Algunas de estas actitudes se convierten en “disposiciones emocionales”, que nos predisponen y dependen del contexto ambiental en que se desarrollen: en concreto habla del racismo, la homofobia y la misoginia/maltrato a la mujer.
Hay un punto que debemos mencionar y son las vinculaciones que se establecen entre la conducta adictiva y determinadas reacciones emocionales de las personas, especialmente aquellas más relacionadas con conducta social y percibidas como displacenteras por el sujeto. A pesar de dejar clara la ausencia de criterios universales en los fenómenos adictivos, debemos tener en cuenta la aparición conjunta de estos fenómenos asociados a problemas familiares, de pareja, laborales, con los amigos, con el ocio y el tiempo libre, en el ámbito laboral….Además, estos problemas suelen ir acompañados de explosiones emocionales de rabia y furia contenidas, tanto relacionadas con el ansia y la “necesidad” de saciarla como vinculadas con los medios para conseguir el “objeto de deseo” que satisfaga dicha “necesidad”. Estas explosiones, una vez más, no están solo vinculadas a las drogodependencias, sino que las adicciones comportamentales también lo manifiestan, al vincularse los estímulos fisiológicos y emocionales con la conducta de consumo o uso comportamental. De hecho, muchos adictos a sustancias químicas reconocen que son los rituales estereotipados de consumo los que les mantienen vinculados con la adicción, siendo en ocasiones un elemento secundario la sustancia de uso. También debemos hablar de los elementos denominados “ganancias secundarias de la adicción”, lo que en los tratamientos de deshabituación se definen como “beneficios que extrae el adicto”, recompensas que suponen un refuerzo, real o imaginario, que permite que el sujeto se mantenga conectado con la adicción aun después de muchos años de abstinencia, en un mecanismo que se conoce como “proceso de recaída”, que comienza cuando la persona con el problema comienza a recuperar hábitos de vida de su pasado con los problemas adictivos y vuelve a mantener comportamientos propios del estilo de vida del adicto, aunque sean elementos tan básicos como horarios, sueño, higiene, alimentación, tareas de la vida cotidiana….

ELSTER: MECANISMOS, EMOCIONES Y LA TOMA DE DECISIONES EN LOS LÍMITES DE LA RACIONALIDAD

Realizar cualquier tipo de análisis sobre los trabajos de Jon Elster es complejo, aunque sea sobre un aspecto reducido dentro de su obra como son sus explicaciones sobre las adicciones como comportamiento social. Los motivos son, sobre todo, lo diverso y completo de su obra, así como su profundo conocimiento sobre cualquier faceta relacionada con las Ciencias Sociales, desde la Epistemología a la Política. La biografía de Elster, nacido en Oslo en 1940, podría sintetizar su relevancia con una definición simplista del tipo “un teórico social y político noruego”, que fundamentalmente ha publicado trabajos sobre filosofía de las ciencias sociales, muy especialmente sobre la Teoría de la Elección Racional. Se ha hablado y escrito mucho sobre ciertas particularidades de su vida: sobre sus afinidades ideológicas y sus vivencias, incluyendo una autobiografía con especial hincapié en su etapa francesa"("Egonomics"); sobre su condición de miembro destacado del marxismo analítico y su papel crítico hacia la economía neoclásica y la teoría de la elección pública. Ha dado clases en diferentes universidades, como la de Oslo y la Universidad de Chicago, de historia, filosofía y ciencias políticas, siendo actualmente profesor de ciencia política y filosofía en la Universidad de Columbia, así como en el Colegio de Francia. En el citado libro “Egonomics” ha mostrado sus sentimientos acerca de su educación en París, con comentarios como "…los años de estar en contacto con la charlatanería francesa no dejaron de afectarme", y: "creo que por haber estado yo mismo bajo la seductora y corrupta influencia de la moda intelectual, hoy me enojan tanto el fraude y la charlatanería, sea que se encuentren bajo el disfraz del descontructivismo o de la corrección política. Basta conocer a uno de ellos para conocer a todos los demás".
A nosotros lo que nos interesa es su obra, especialmente sus explicaciones y comentarios sobre la importancia de las emociones en la conducta social humana, que han sido fundamentales tanto por su consistencia científica como por su contundencia filosófica: “Sin emociones la vida sería gris” “las emociones son importantes porque si no las tuviéramos nada nos importaría. Las criaturas sin emociones no tendrían razón para vivir, y para el caso, ni para suicidarse. Las emociones son la razón de la vida, son el vínculo más importante o el pegamento que nos une a los demás. Objetivamente, las emociones son importantes porque muchas formas del comportamiento humano serian ininteligibles si no las viéramos a través del prisma de la emoción”.
Integrando diferentes corrientes y explicaciones, procedentes de la historia, la literatura, la filosofía y la psicología, lo que Elster nos presenta es un análisis completo del papel que representan las emociones dentro de la conducta humana. En un giro integrador que va más allá de la Ciencia y de la Filosofía, Elster defiende la necesidad de acercarse al estudio de las emociones no solo desde la neuropsicología y las modernas técnicas de neuroimagen y fisiología de la conducta, sino también desde los clásicos de la literatura que han escrito obras complejas sobre las emociones humanas, colocando a Aristóteles y Jane Austen en un nivel de importancia similar al que tienen los científicos actuales en las investigaciones y teorías sobre las emociones, el cerebro humano y su influencia en la toma de decisiones y el comportamiento de las personas. Además, en sus ensayos y artículos pretende tener en cuenta las opiniones de científicos sociales como economistas, analistas sociales y otros filósofos de la ciencia, atribuyendo entre sus influencias mucha importancia a la obra de los moralistas franceses, especialmente a los ensayos de Montaigne o a la explicación de La Rochefoucauld sobre el modo en el que la necesidad de estima y de autoestima condicionan la motivación humana y cómo esas materias afectan a las decisiones que tomamos, “lo cercanos que están el odio y el amor”. Estas reflexiones, y otras varias, son las que vamos a intentar relacionar con el fenómeno de las adicciones, con los sentimientos de las personas con problemas de adicción y con el desafío que supone rehabilitarse de uno de estos problemas.