Cuenta una leyenda, que se sigue transmitiendo de padres a hijos en las orillas del río Congo, que hubo un tiempo en que los hijos del rey Leopoldo dejaron la tierra vacía de hombres para trabajar y de mujeres para procrear, abandonando a los niños y a los ancianos a su cruel suerte. Con lo que no contaban era con que estos niños, educados en la serenidad y la perseverancia, organizaran una caravana que les permitió llegar hasta un asentamiento alejado de las garras de los europeos colonizadores. Por el camino se organizaron en grupos de trabajo y niveles de responsabilidad, creando una tribu en la que todos sabían lo que podían y lo que no podían hacer los unos por los otros. Sus padres se lo repetían cuando eran pequeños “Hace falta toda la tribu para educar a un niño”. Eran niños, fueron tribu.
Esta misma leyenda narra que, en tiempos de Mobutu y Laurent Bikila, un jesuita vizcaíno llegó a esta tribu para descubrir que los torturados, los humillados, los que habían perdido a sus padres y sus hermanos, eran acogidos por todos los componentes de esta Familia. Que se les daba todo el cariño y el apoyo que merecían. Que en todas las casas se les servía un plato de comida, humilde pero caliente. Que había jergones de paja limpia para que todo el que necesitara dormir no sintiera el abandono de hacerlo en el duro y frío suelo.
Este jesuita se dio cuenta de que, de esta manera, poco a poco, las heridas de estos excluidos se iban curando, aparecían en estos rostros que llegaron muertos las sonrisas, las lágrimas, el perdón, la gratitud. Porque el hombre es el mejor remedio para el hombre.
La leyenda concluye el día en que nuestro religioso vasco, emocionado ante lo que ve en esta tribu, decide preguntarle al líder (nunca jerárquico, en esta Familia el poder lo da la Responsabilidad) en qué puede colaborar para mejorar la armonía. Este jefe, respetuoso con la labor del sacerdote, le contestó sonriente: “Si quieres ayudar, por lo menos no estorbes”.
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