Nos hemos quedado desnudos de espíritu. La discrepancia sobre la existencia o no de un Dios, las dudas sobre la capacidad de representación religiosa de los cargos electos por la jerarquía eclesiástica (no confundamos ecclesia con curia) nos ha empujado a una posición laxa donde el soporte existencial se confunde con la razón y la anulación de nuestras emociones. Incluso desde un punto de vista antropológico la pérdida de valores espirituales nos conduce a un callejón sin salida, sea o no religioso.
Es en los rituales de paso donde se comprueba esta hipocresía de manera más clara: existen bautizos civiles (¿qué significa eso, no somos ciudadanos al nacer y necesitamos un rito?) que confrontar con la ceremonia católica del bautismo; las bodas son un enorme paripé socioeconómico carente de amor, de deseo, de ilusión, de esperanza (casi la mitad de los casados se termina separando) en la que la mayor preocupación es cómo pagarla y cuánto dinero se deja en el sobre o en la lista de boda; la primera comunión es una miniboda con enanitos, lo que hace que todo sea mucho más tétrico, como las escenas más horripilantes del mago de Oz; no existen las confirmaciones, supuesto paso siguiente para reafirmarse en la fe, porque no hay fe en estas ceremonias, sino protocolo; y las muertes merecen un capítulo aparte.
No sabemos morir y no sabemos soportar la muerte. El miedo a la muerte es lógico y legítimo; la negación de la evidencia es una estupidez. Tarde o temprano todos tenemos que morir. Lo sepas o no, estés preparado o no, duele hasta el aliento. O lo aceptas o no superas el duelo que conlleva la pérdida de un ser querido. El momento en el que hay que llorar, gritar, sufrir, abrazarse...es en el velatorio y el responso/misa posterior. Todo sufrimiento anterior es ficticio, una manera socialmente bien vista de llamar la atención; todo sufrimiento posterior es patológico, llegando a ser perjudicial y teniendo mucho que ver en trastornos del estado de ánimo, comportamentales y adictivos. Nada ni nadie te consuela, buscas el consuelo en falsos amigos, nada te reconforta, necesitas un remedio. Rápido, por favor.
Nadie nos enseña hoy día a sufrir. Los padres le evitamos el sufrimiento a nuestros hijos por su bien, sin darnos cuenta del mal que ese gesto de inseguridad conlleva. Antes, a los ancianos los ecuchábamos porque tenían la sabiduría del tiempo y nos enseñaban cómo afrontar el malestar y la guerra; hoy los mantenemos vivos de manera artificial con pastillas y tratamientos quirúrgicos para no tener que aceptar que, tarde o temprano, vamos a morir.
Por mi parte esta semana he vivido un ejemplo de cómo se debe abandonar este mundo: en paz con uno mismo y con los demás, en la cama de tu casa y mientras duerme. Una vida digna debería llevar asociada una buena muerte. XXX Yimi
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