En el mundo de las habilidades y las competencias nos hemos olvidado de las motivaciones y disposiciones para trabajar (o no), hemos rechazado por obsoletas las Teorías X e Y de McGregor sin releerlas detenidamente.
Al no querer darnos cuenta de que no es lo mismo el trabajar por enriquecerse que el lucro sin trabajar, hemos confundido aptitud con actitud, aceptando el egoísmo y la manipulación como elementos necesarios, con la excusa de que es mejor un malo que un tonto.
No nos hemos querido dar cuenta de que el malo no se cansa de ser malo hasta que no se le paran los pies y pierde más de lo que gana. En muchas ocasiones nadie se lo dice al malo; en esas ocasiones los tontos hemos sido nosotros.
Agradecemos la soberbia siempre que vaya ligada al éxito porque la hemos terminado identificando con dicho éxito. Conocemos de un buen puñado de ejemplos de héroes humildes y trabajadores y, aun así, consentimos los caprichos de una banda de arrogantes que nos miran por encima del hombro. En muchos casos, para más inri, su principal mérito consiste en saber cómo apreovecharse del trabajo que realizan un grupo anónimo de personas. Nos gustaría creer que, si triunfamos, tenemos derecho a mirar a los demás por encima del hombro.
Nuestra Rabia es de Inferioridad.
La fiebre de lo políticamente correcto nos ha creado un efecto rebote frente a los problemas sociales: se han radicalizado las posturas a favor o en contra, terreno propicio para el desarrollo de mitos, leyendas y sofismas diversos. La imagen pública impecable de los que pretenden ser agentes sociales les obliga a personarse y opinar sobre estos conflictos, aun cuando sus hechos sean una tanto contradictorios: políticos, policías y jueces pueden ser tan corruptos, delincuentes y maltratdores como el resto del mundo.
"Yo hablaba con mi mujer cuando salía un caso de muerte por malos tratos y le decía que yo defendería a la mujer si lo presenciara.
Hoy en día me gustaría colaborar con alguna ONG para que aprendan de mi experiencia. Cuando cumpla mi condena, claro"
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