miércoles, 12 de mayo de 2010

Psicoterapia de la Emoción: una Teoría sobre el (des)aprendizaje afectivo

“Los Simpson” son uno de los pocos pozos de sabiduría que le quedan a la sociedad actual, no son solo unos muñequitos con la cara amarilla ni son dibujos animados para los niños (como algún padre poco sesudo pretende) debido a su carga de violencia y acidez(a partes iguales). Eso sí, agradezco al profesor Francisco Tornay haber cambiado mi manera de ver la serie y poder analizarla como un auténtico compendio de terapia familiar y trastornos emocionales volcados en una familia americana de clase media con todos los problemas posibles (y algunos de los imposibles).
De todos los episodios para mí el menos /más educativo es aquel en el que el señor Montgomery Burns busca un heredero mediante una selección de niños en Springfield . Evidentemente se presentan los niños Simpson, evidentemente Bart hace una gamberrada, de forma obvia el señor Burns (a través de su acólito Smithers) lo echa de la casa y obligados por las circunstancias, la familia Simpson se va por la cuesta que baja de la mansión.
Caminando por el sendero hacia la calle, Marge Simpson (mujer con mucho sentido común y grandes valores familiares demostrables desde el primer episodio) le dice a su marido que tendría que decirle algo a su hijo, el cual camina muy decepcionado junto a ellos. Entonces el gran Homer Simpson (enorme pozo de sabiduría a la inversa) le dice a su hijo estas palabras:” Hijo, te has esforzado y no lo has conseguido. ¿Qué has aprendido? No te esfuerces”
Estamos en un momento de desarrollo social en el que nuestras propias excusas justifican nuestros errores, el evitar el conflicto y el procurar no hablar claro supone enseñar a los demás que cuantos más rodeos nos den hay más probabilidades de que les dejemos en paz. Además, el aprender a no actuar en vez de hacerlo nos evita uno de los grandes aprendizajes vivenciales: tomar o no nuestras decisiones, aceptando además las consecuencias de nuestros actos. El problema es que en este momento actual parece mucho más sencillo culpar a los demás que aceptar una equivocación. Además, parece ser que decir “lo siento, me equivoqué, no te quise hacer daño, perdóname…” está pasado de moda en esta jungla nuestra donde todo son derechos y donde las personas que no rectifican y no reconocen un error se mantiene perennemente en sus puestos de trabajo y/o posiciones sociales. Como factor agravante, debido a nuestra cada vez mayor presencia de aprendizaje académico y ausencia de aprendizaje emocional, confundimos los términos culpa VS responsabilidad: la culpa es un sentimiento que es personal y que depende de lo que yo hago o dejo de hacer (cuando digo ”no”, me siento culpable), responsable se ES de lo que uno hace o deja de hacer(te sientas como te sientas), después vendrán la impotencia, la frustración, la rabia, la culpabilidad (ahora sí)... Para identificar este problema les planteo un ejercicio muy sencillo: las personas que funcionan con niveles superficiales de conocimiento emocional son aquellos que diferencian el mundo entre lo que les gusta y los que no. Suelen utilizar la dicotomía para expresarse: Me siento bien/mal, me gusta/No me gusta, Quiero/No quiero…Escuchen a su alrededor y observen las situaciones en que estas producciones lingüísticas se presentan.
Estas personas pueden llegar a conocerse y expresarse en el momento en que profundicen en que cargas emocionales son aquellas que les provoca ese placer/displacer: cuanto más lo descompongan y analicen, cuanto más concretos, más conocerán de sus reacciones y de los correlatos fisiológicos de estas emociones .
Así que ya vemos como construimos sobre nuestras carencias emocionales nuestras excusas y pretendemos responsabilizar al otro de nuestros errores: siempre es bueno que haya una minoría étnica o un colectivo excluido para responsabilizarlo de los conflictos sociales, culturales, delincuencia, drogas...Sobre las drogas quiero detenerme un momento.
Las nuevas investigaciones sobre alteraciones neuropsicológicas en drogodependientes, basadas en la Teoría del marcador somático y los recientes estudios realizados en neurobiología de la cocaína (que ya se ha convertido en la sustancia principal de abuso en la mayoría de los demandantes de tratamiento), nos obligan a plantearnos una serie de factores y problemas que no se habían puesto de manifiesto en las consideraciones clásicas de adicciones: el denominado “cerebro moral” (Volkow, 2006), las alteraciones en el control y expresión de las emociones, el bajo control de impulsos y el consiguiente déficit en toma de decisiones de la población drogodependiente (el definido como “control ejecutivo”). Esos déficits parecen relacionados con una serie de carencias afectivas que conllevaría un uso de drogas y violencia como respuesta emocional, tanto de bloqueo como de expresión (aunque sean respuestas inadecuadas). El correlato fisiológico de estas funciones se encontraría en el circuito formado por el córtex prefrontal (concretamente el área llamada córtex cingulado anterior) y el sistema límbico, especialmente la amígdala por su relación con el condicionamiento del miedo. ¿Alguna vez se han parado a pensar en por qué los adictos en activo no muestran señales de miedo, ni en situaciones de riesgo extremo? ¿Por qué llega un momento en que les aburre cualquier actividad que hagan?
De hecho, en gran parte de estas personas nos encontramos con problemas en sus circuitos de recompensa, sobre todo relacionados con el neurotransmisor denominado dopamina: la necesidad de recompensas inmediatas (llamadas drogas) que activen la segregación de esta sustancia (dopamina) provoca que se reduzca la capacidad de obtener recompensas mayores pero demoradas; de la misma manera, cada vez necesitamos recompensas mayores para sentir la misma emoción. Con lo que, cada vez buscamos situaciones más intensas emocionalmente hasta que se sobrepasa la activación y terminamos por no sentir. Los circuitos se sobrecargan y se acabó la emoción. Es un símil un tanto burdo, lo reconozco. Bastante aproximado, eso sí.
Aquí es donde pasaremos más adelante a hablar de lo que es bueno o malo y quién decide esto. De lo que se trata, lo que parece más importante, es la escasa capacidad del ser humano hoy en día para reconocer una equivocación o rectificar una decisión, incluyendo las que afecten a un grupo amplio de personas. ¿Cuándo fue la última vez que vio a un personaje de la vida pública reconociendo un error? En España además tenemos la cultura de que si no reconoces un error, la memoria colectiva funciona siempre a corto plazo y no recordará tus equivocaciones, en los momentos oportunos buscará su identificación contigo y eso, aunque tu incompetencia sea manifiesta, te salvará de la quema. Eso sí, destacar sobre los demás será tu final y tu fracaso.
¿Cuántas veces nos hemos peleado en un Administración con un funcionario que nos dice que él no dicta las normas, solo las cumple? Este comentario por parte del funcionario no viene a ser sino otra manera de formular la teoría de Homer Simpson.
Frente a este panorama solo cabe ofrecer una serie de valores: el compromiso por la tarea, la responsabilidad por lo hecho, el respeto por las decisiones personales, asumir las consecuencias, no juzgar a los demás....
Uno de los grandes problemas de las personas es nuestra incapacidad de volver atrás en el tiempo y rectificar lo que hemos hecho. Este razonamiento, que es una demostración de lo imposible, se convierte en cierto cuando nos paramos a pensar (o lo comprobamos en las personas que conviven con nosotros) en cómo nos comportamos en mucha ocasiones en función de aquellas situaciones o errores que hemos cometido y no hemos sabido resolver. Gran parte de nuestras carencias en recursos emocionales se ven reflejadas en la manera en que resolvemos (o no) nuestros problemas cotidianos.
¿Qué hacemos con esas situaciones de nuestro pasado? Depende de cada persona, evidentemente, pero existen una serie de patrones que se repiten con una cierta frecuencia y que por mera cuestión de salud mental sería conveniente revisar.
Existen personas que evitan revivir o siquiera recordar la situación desagradable o estresante, como un fallecimiento, una separación, una pérdida, un abandono, un fracaso...Lo que sea, pero no volver a recordarlo. Pueden ser estas personas que evitan recordar y hablar de los problemas, que prefieren ver en el cine películas de reír que de llorar para no emocionarse y desbordar sus barreras.
Hay otro grupo de personas que intenta compensar sin reconocer el daño recibido (o realizado en muchos casos). Suelen ser personas que se desviven por los demás, que están siempre presentes cuando las demás personas sufren, que respetan y comparten el dolor de los otros pero no permiten a los demás acercarse a su propio dolor(si existe culpa, mucho menos). Son personas en una constante huida hacia delante, cuyo punto de partida sólo conocen ellos y que impiden a los demás ayudarles. Son los aparentemente fuertes, los aparentemente comprometidos, los aparentemente claros y sinceros...
Hay otras personas que se rinden, que utilizan ese sentimiento de culpa como excusa para seguir fracasando una y otra vez, que lo aprovechan para exigirle a las demás personas aquello que ellos no hacen, exigen respeto a sus fracasos cuando no suelen respetar a los demás, exigen libertad y opinan sobre los errores de los demás, prefieren hablar de lo que hacen terceras personas antes que explicar lo que hacen (o no) ellos. A estas personas la pérdida o el fracaso le suele servir como negación de lo evidente, de sus inseguridades y frustraciones, de sus miedos personales...suelen buscar culpables externos, padres, jefes, malos amigos...Quién sea menos yo
En la mayoría de estos casos estamos hablando de la elaboración del trauma o de una mala elaboración del duelo . Los pasos de una pérdida (ya sea de un ser querido, de una propia ilusión, de un mal trance, de una episodio desafortunado..) son los mismos y los describe Worden en su libro.
Una vez el ser humano es capaz de reconocer la pérdida (de reconocer los errores hablaremos más adelante) viene la parte más complicada de la tarea: pedir disculpas de corazón y con sinceridad (no de esa manera que le enseñamos a los niños, que es pedir disculpas para no ser castigados). Aquí me van a permitir utilizar un símil religioso: atrición es la disculpa que se realiza para no recibir la consecuencia de mi culpa, es pedir perdón para no recibir castigo o que este sea el menor posible. Es la disculpa del fariseo en el templo según la Biblia o la de los futbolistas leñeros para evitar las sanciones graves en la Liga de Fútbol Profesional.
Sin embargo, desde un punto de vista de psicoterapia, no nos sirve esa disculpa por una razón muy sencilla: no produce cambios en el proceso de la persona, trabaja en función del resultado por lo que los cambios serán superficiales. Y nosotros queremos cambios personales profundos, no superficiales.
Y, sin embargo, hay otra forma de pedir disculpas: la contrición consiste en pedir perdón y aceptar lo que suceda después, es la manera de reconocer sin poner condiciones, aceptar y tener la suficiente humildad para escuchar el daño que le hayas podido realizar a la persona que tiene enfrente. Es el sistema elegido en los recursos de mediación víctima-ofensor, donde muchas veces las víctimas necesitan la recompensa moral de expresarse y los agresores aprenden a respetar que el daño se lo han realizado a una persona. Evidentemente estos sistemas no se pueden realizar para todos los delitos (están desaconsejados en delitos de sangre, agresiones sexuales y similares), pero fomentar el arrepentimiento y darle a las dos partes la oportunidad de expresarse puede ser una forma de cambiar.
Como conclusión, me gustaría creer que, en cualquier camino personal, el proceso cuenta tanto como los resultados. Eso nos obliga a prestar atención a los aprendizajes y no solaparlos con el cumplimiento de los objetivos. Hermanos, obremos en consecuencia, que cada uno que reflexione y elija su postura libremente. Eso sí, el que elija la Homer Simpson que sepa que ya no se puede engañar: Yo también tengo mi parte de responsabilidad. Me guste o no.

Bibliografía y fuentes de información
- Cancrini, L (2004) Los temerarios en máquinas voladoras. Buenos Aires, Ed Nueva Visión.
- Damasio, A (2005) En busca de Spinoza: neurobiología de la emoción y los sentimientos. Barcelona, Ed. Crítica.
- Verdejo, A (2007) Neuropsicología en el tratamiento de la dependencia a la cocaína. Madrid, Revista Proyecto, Diciembre 2007.
-Volkow, N. (2006) Conferencia inaugural Congreso CPDD/2006. Washington, NIDA.
- Worden, J (1997). Elaboración del duelo. Barcelona, Ed Paidós.

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