Con la reciente aparición de las denominadas Terapias de Tercera Generación, con las que se pretende recuperar parte de los fundamentos profesionales que han regido la Psicología Clínica y de la Salud durante los últimos años y dentro de la actual problemática acerca de la capacitación profesional de los psicólogos, un aspecto poco contemplado y en que casi no se incide dentro de la cualificación de los terapeutas es el de los condicionantes éticos del trabajo del psicólogo, el autoconocimiento sobre las aptitudes del profesional, la elección de una determinada filosofía de tratamiento o el binomio respeto/confianza entre el terapeuta y el paciente.
A veces se nos olvida que los psicólogos que trabajamos en terapia no trabajamos con sesiones, ni protocolos, ni ordenadores ni cajas de cartón. Trabajamos con personas, lo que tiene que ser mucho más importante que todo lo anterior.
En los diferentes Informes de Evaluación realizados por la Comisión Nacional de Evaluación de Proyecto Hombre sobre los centros de tratamiento y deshabituación de adicciones, uno de los principales predictores sobre la eficacia del tratamiento era la adherencia al profesional o al equipo que lleva a cabo la terapia correspondiente. (CNE 2004, 2006, 2007, 2008). Sin embargo, pocas veces se menciona al explicar a los futuros psicólogos la importancia de sus actitudes y aptitudes profesionales (y en algunos casos, personales).
¿En qué consiste la actual formación de los psicólogos y en concreto qué requisitos se exigen para ejercer como psicólogo clínico o como psicoterapeuta? Fundamentalmente en una acumulación de conocimientos sobre una o dos corrientes terapéuticas (en condiciones normales hablamos sobre corrientes de primera o segunda generación de terapias personales) que se convierte de forma casi automática en un dogma psicológico del que no se puede dudar y que no se puede cuestionar, asociado al manejo de varias técnicas relacionadas con dichas corrientes(y casi nunca formarse en corrientes alternativas o teorías diferentes), elaborar una supuesta objetividad científica en el análisis de cada paciente (casi como si observáramos a un insecto desde un microscopio) para realizar un análisis funcional(o hipótesis del caso o itinerario terapéutico o…) muy centrado en el trastorno y muy poco en la persona, realizado dependiendo de la corriente considerada como fundamental para cada terapeuta(Olivares & Méndez, 2001).
¿Qué significa ser un buen profesional? A veces y dependiendo de para quién sea la pregunta significa ser un autómata que se limita a repetir los movimientos adquiridos procedentes de un supuesto “gurú” de la terapia, un robot que repite los mismos tratamientos con absoluta mecanicidad y con una completa frialdad hacia la persona, un replicante (este es un pequeño homenaje a “Blade Runner” y a ¿“Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que espero me permitan) casi humano hasta que se le toca el aspecto personal y entonces se defiende con que se termina el tiempo(o yo no he venido aquí para hacer terapia, como si hiciera falta explicar quién es el paciente y quién el terapeuta) o una persona. A partir de estas exageraciones por mi parte (pero que en algunos casos no están exentas de cierto aroma a realidad, la formación de los psicólogos puede ser enseñar qué decir palabra por palabra, cómo decirlo incluyendo en cada momento la conducta verbal y no verbal sin interacción con la persona, seguir un guión exacto sobre qué preguntas hacer sin saltarte una coma, y en algunos casos y para algunos profesionales y profesores una completa rigidez en las entrevistas (Olivares & Méndez, 2001 ). O sea, utilizar la distancia profesional para no equivocarse.
La distancia profesional (en mi humilde opinión) no puede utilizarse como forma de encubrir el miedo a mostrar mi lado humano, porque en este caso tendríamos que hablar acerca de la inseguridad del psicólogo para no mostrar sus emociones y su sufrimiento cuando ve sufrir al otro (Worden, 1997)(¿o es que esto no nos ocurre en ocasiones?), nuestra vana intención de querer ver el sufrimiento del otro desde fuera y no implicarse emocionalmente(Marina, 1996), el miedo a no saber desligarse emocionalmente de esa persona que debe seguir su propio camino y/o a perder esa profesionalidad por no saber reconocer mis errores(¿en qué Facultad enseñan a los psicólogos a equivocarse?).
Dentro de estas consideraciones ¿dónde entraría el uso del taco dentro de la relación profesional, como decía el recientemente fallecido Albert Ellis? Ni mencionar el comentario acerca del manotazo en la mesa frente al incumplimiento que el mismo Ellis mencionaba como adecuado dentro de su Terapia Racional Emotiva (Ellis, 1980), ahora que se valora tanto su participación el los avances terapéuticos del final del siglo XX. Evidentemente esto no significa tratar con poco respeto o si educación a los pacientes, pero sí significa ser lo más claro, honesto y concreto posible.¿Hemos aceptado los psicólogos que trabajamos en la actualidad el hecho de que en muchas ocasiones el primer “NO” firme y tajante que se la de da a una persona (sobre todo a los pertenecientes a las generaciones jóvenes) se lo damos nosotros?¿Hemos aceptado nuestra parte de responsabilidad en esta relación, sin jugar a ser ni los amiguitos ni los policías de nadie? ¿Hemos aceptado el cambio de roles sociales y las diferencias entre la educación y la cultura de los años 70 y la actual? Si la respuesta a alguna de esta pregunta es “SÍ”, ¿cuál es la razón por la que seguimos usando las mismas estrategias de hace 30 años?
¿Dónde está el aprendizaje sobre la respuesta emocional ( Damasio, 1994)?¿En qué escuela profesional nos enseñan a mostrar nuestras emociones y a actuar/decidir aceptando lo que sentimos(Damasio, 1994?¿Y dónde te explican la manera de enseñar eso a un paciente para que lo pueda utilizar en la solución de sus problemas?
¿De qué hablamos cuando hablamos de Distancia? A mí me gustaría creer que cuando nos referimos a la llamada Distancia Terapéutica lo hacemos definiéndola como una atención específica y cercana a cada persona, relacionada con una capacidad crítica de los profesionales acerca de sus actitudes y aptitudes profesionales. En cambio, en muchas ocasiones, la Distancia profesional se relaciona con la asepsia personal, con una enorme frialdad en el trato con los pacientes. Y en mi opinión la mecanicidad del profesional la veo (y la ven muchos pacientes que ya han estado anteriormente en terapia) como manera de encubrir carencias profesionales (y puede que personales) por parte de los psicólogos ¿O si no qué es toda esa jergafasia que utilizamos en muchas ocasiones cuando no somos capaces de hablar claro?¿O creemos que es ético tratar a una persona en función sobre todo del trastorno que le diagnosticamos dejando a un lado su contexto personal?
Vuelvo a referirme a estas terapias de Tercera Generación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso: me parece fundamental (y considero muy beneficioso para los terapeutas) fomentar la necesidad de conocer los valores personales y profesionales de cada psicólogo(Luciano & Wilson, 2002), facilitar el paso del paciente pasivo al sujeto activo, a la persona como motor de cambio, al protagonismo del paciente en la relación terapéutica, al análisis de cada caso como diferente, a pactar los logros y metas conjuntamente(Álvarez,1998).
A veces me veo encerrado en la paradoja del psicólogo: decir a los demás que hagan lo que nosotros no hacemos y no reconocer nuestros propios errores cuando trabajamos sobre las equivocaciones de las demás personas(Ellis, 1980).
Creo que ahora me toca definirme y opinar sobre estos temas. Afirmo mi apuesta por la humanización del terapeuta, creo en mi trabajo diario de la importancia de funcionar por binomios: Respeto/Afecto, Cercanía/Distancia, Confianza/Profesionalidad.
Considero que la recuperación a nivel popular del humanismo en la terapia (en ocasiones mal enfocado o poco contrastado pero mucho más cercano en el trato a la persona que las actuales consultas de psicólogos) y la popularización de determinadas técnicas(biografía, cuentos, gestálticos, arteterapia, colorterapia, musicoterapia, psicoterapia psicodramática…) deberían enseñarnos algo acerca de lo que las personas echan de menos por parte de los que nos creemos profesionales de la terapia.
Podríamos aprender de la Psicología de Recursos Humanos, donde hace tiempo que hablan claramente sobre mentalidades abiertas, actitudes honestas, puntos fuertes y débiles, oportunidades, amenazas, gestión de sentimientos, conocimiento personal, recursos personales, expectativas…(Velasco, 1999)
Yo defiendo la necesidad de un eclecticismo práctico en los profesionales de la terapia, sin rechazar ninguna técnica, corriente o terapia como fuente de aprendizaje. Defiendo la especificad de cada persona que merece ser atendida lo mejor posible, escuchando y respetando sus particularidades y diferencias (Cañas, 2004). Defiendo también un espíritu más autocrítico por parte de los profesionales de la psicología, recordando a todos los profesionales la necesidad de aprendizaje contínuo y de reciclaje profesional. Defiendo la humildad del que se debe a los demás en su ejercicio profesional. Por último, defiendo el sagrado deber de la tarea como obligación profesional por encima de dogmas, teorías y creencias, con el compromiso de honradez y claridad que creo debemos tener los psicólogos. No creo que haya nada más contraproducente para la relación terapéutica que un psicólogo, sea de la rama que sea, utilizando jerga psicológica contra alguien que no le entiende.
Y no hablo de actuar para hacer amigos, sino de ser respetuoso, honesto y claro con el otro. En resumen, de ser humano.
¿Para cuando una asignatura obligatoria en los planes de estudio de Psicología de Ética y Código Deontológico para psicólogos?
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