Me hago eco esta vez de las palabras de otro, Gustavo Vidal Manzanares, jurista y escritor. Lo explica con tanta contundencia que merece la pena reflexionar sobre ello.
"Tras las décadas siguientes de desarrollo, la figura del empleado público casi indigente, trasunto del cesante de novelón galdosiano, fue poco a poco hundiéndose en el olvido. Pero en los últimos días, la cloaca política y mediática neoliberal ha babeado de placer ante los ecos de una posible congelación salarial a los funcionarios. Sin embargo, nada sería más injusto que pasar la factura de la crisis a este colectivo.
Así, en los momentos de hervor económico y ladrillazo, un encofrador podía duplicar el sueldo de un Técnico Superior de la Administración, y para conseguir que un albañil viniera a casa había, poco menos, que apuntarse en una lista de espera y cruzar los dedos.
Mientras los funcionarios perdían poder adquisitivo y realizaban malabarismos contables con el sueldo, miles de paletos de eructo, puti club y caspa montaban una constructora y juntaban billetes de quinientos euros como cromos. Legiones de jóvenes abandonaban los estudios y dejaban sus libros escolares criando polvo mientras se pavoneaban en coches refulgentes… ¿los funcionarios? Unos “pringaos, hombre, unos “pringaos”… ¿para qué estudiar?, ¿para qué invertir?, ¿para qué innovar?...
“España va bien”.
Y mientras tantos celebraban sus ganancias entre cubatas, risas, rayas de coca y “España va bien”, miles de hombres y mujeres habían inmolado sus mejores años junto a una taza de café cargado, un flexo y un temario de oposiciones. Con los codos clavados en una mesa, viendo la vida desfilar a través del claroscuro de un ventanal, a la espera del momento crucial y temible de los exámenes.
Pues bien, ahora resulta que, según los neoliberales, los efectos de aquellos excesos han de pagarlos los “privilegiados funcionarios”, precisamente el colectivo que apenas se benefició del auge económico y que, por supuesto, no provocó la crisis.
Según ese planteamiento no pidamos cuenta a las entidades bancarias que prestaron
dinero sin las debidas garantías. No pensemos que las ganancias obscenas de la
especulación acabaron en paraísos fiscales. No indaguemos en ayuntamientos y
comunidades que dilapidaron millones encargando obras absurdas que enriquecieron a
empresarios. No, no… todo esto que lo paguen los funcionarios.
Sí, los funcionarios, aquellos “pringaos” durante los años del falso esplendor económico.
Sí, el juez que sacrificó como poco cinco años en una oposición terrorífica (aparte de los cinco de carrera) para ganar menos que muchos fontaneros. Sí, los miles de opositores que hubieron de recurrir al Lexatín, el policía que se juega la vida por mil quinientos euros mensuales, el auxiliar que no gana más de novecientos… ¡resulta que estos han de pagar la crisis y son unos “privilegiados”!"
miércoles, 19 de mayo de 2010
miércoles, 12 de mayo de 2010
Psicoterapia de la Emoción: una Teoría sobre el (des)aprendizaje afectivo
“Los Simpson” son uno de los pocos pozos de sabiduría que le quedan a la sociedad actual, no son solo unos muñequitos con la cara amarilla ni son dibujos animados para los niños (como algún padre poco sesudo pretende) debido a su carga de violencia y acidez(a partes iguales). Eso sí, agradezco al profesor Francisco Tornay haber cambiado mi manera de ver la serie y poder analizarla como un auténtico compendio de terapia familiar y trastornos emocionales volcados en una familia americana de clase media con todos los problemas posibles (y algunos de los imposibles).
De todos los episodios para mí el menos /más educativo es aquel en el que el señor Montgomery Burns busca un heredero mediante una selección de niños en Springfield . Evidentemente se presentan los niños Simpson, evidentemente Bart hace una gamberrada, de forma obvia el señor Burns (a través de su acólito Smithers) lo echa de la casa y obligados por las circunstancias, la familia Simpson se va por la cuesta que baja de la mansión.
Caminando por el sendero hacia la calle, Marge Simpson (mujer con mucho sentido común y grandes valores familiares demostrables desde el primer episodio) le dice a su marido que tendría que decirle algo a su hijo, el cual camina muy decepcionado junto a ellos. Entonces el gran Homer Simpson (enorme pozo de sabiduría a la inversa) le dice a su hijo estas palabras:” Hijo, te has esforzado y no lo has conseguido. ¿Qué has aprendido? No te esfuerces”
Estamos en un momento de desarrollo social en el que nuestras propias excusas justifican nuestros errores, el evitar el conflicto y el procurar no hablar claro supone enseñar a los demás que cuantos más rodeos nos den hay más probabilidades de que les dejemos en paz. Además, el aprender a no actuar en vez de hacerlo nos evita uno de los grandes aprendizajes vivenciales: tomar o no nuestras decisiones, aceptando además las consecuencias de nuestros actos. El problema es que en este momento actual parece mucho más sencillo culpar a los demás que aceptar una equivocación. Además, parece ser que decir “lo siento, me equivoqué, no te quise hacer daño, perdóname…” está pasado de moda en esta jungla nuestra donde todo son derechos y donde las personas que no rectifican y no reconocen un error se mantiene perennemente en sus puestos de trabajo y/o posiciones sociales. Como factor agravante, debido a nuestra cada vez mayor presencia de aprendizaje académico y ausencia de aprendizaje emocional, confundimos los términos culpa VS responsabilidad: la culpa es un sentimiento que es personal y que depende de lo que yo hago o dejo de hacer (cuando digo ”no”, me siento culpable), responsable se ES de lo que uno hace o deja de hacer(te sientas como te sientas), después vendrán la impotencia, la frustración, la rabia, la culpabilidad (ahora sí)... Para identificar este problema les planteo un ejercicio muy sencillo: las personas que funcionan con niveles superficiales de conocimiento emocional son aquellos que diferencian el mundo entre lo que les gusta y los que no. Suelen utilizar la dicotomía para expresarse: Me siento bien/mal, me gusta/No me gusta, Quiero/No quiero…Escuchen a su alrededor y observen las situaciones en que estas producciones lingüísticas se presentan.
Estas personas pueden llegar a conocerse y expresarse en el momento en que profundicen en que cargas emocionales son aquellas que les provoca ese placer/displacer: cuanto más lo descompongan y analicen, cuanto más concretos, más conocerán de sus reacciones y de los correlatos fisiológicos de estas emociones .
Así que ya vemos como construimos sobre nuestras carencias emocionales nuestras excusas y pretendemos responsabilizar al otro de nuestros errores: siempre es bueno que haya una minoría étnica o un colectivo excluido para responsabilizarlo de los conflictos sociales, culturales, delincuencia, drogas...Sobre las drogas quiero detenerme un momento.
Las nuevas investigaciones sobre alteraciones neuropsicológicas en drogodependientes, basadas en la Teoría del marcador somático y los recientes estudios realizados en neurobiología de la cocaína (que ya se ha convertido en la sustancia principal de abuso en la mayoría de los demandantes de tratamiento), nos obligan a plantearnos una serie de factores y problemas que no se habían puesto de manifiesto en las consideraciones clásicas de adicciones: el denominado “cerebro moral” (Volkow, 2006), las alteraciones en el control y expresión de las emociones, el bajo control de impulsos y el consiguiente déficit en toma de decisiones de la población drogodependiente (el definido como “control ejecutivo”). Esos déficits parecen relacionados con una serie de carencias afectivas que conllevaría un uso de drogas y violencia como respuesta emocional, tanto de bloqueo como de expresión (aunque sean respuestas inadecuadas). El correlato fisiológico de estas funciones se encontraría en el circuito formado por el córtex prefrontal (concretamente el área llamada córtex cingulado anterior) y el sistema límbico, especialmente la amígdala por su relación con el condicionamiento del miedo. ¿Alguna vez se han parado a pensar en por qué los adictos en activo no muestran señales de miedo, ni en situaciones de riesgo extremo? ¿Por qué llega un momento en que les aburre cualquier actividad que hagan?
De hecho, en gran parte de estas personas nos encontramos con problemas en sus circuitos de recompensa, sobre todo relacionados con el neurotransmisor denominado dopamina: la necesidad de recompensas inmediatas (llamadas drogas) que activen la segregación de esta sustancia (dopamina) provoca que se reduzca la capacidad de obtener recompensas mayores pero demoradas; de la misma manera, cada vez necesitamos recompensas mayores para sentir la misma emoción. Con lo que, cada vez buscamos situaciones más intensas emocionalmente hasta que se sobrepasa la activación y terminamos por no sentir. Los circuitos se sobrecargan y se acabó la emoción. Es un símil un tanto burdo, lo reconozco. Bastante aproximado, eso sí.
Aquí es donde pasaremos más adelante a hablar de lo que es bueno o malo y quién decide esto. De lo que se trata, lo que parece más importante, es la escasa capacidad del ser humano hoy en día para reconocer una equivocación o rectificar una decisión, incluyendo las que afecten a un grupo amplio de personas. ¿Cuándo fue la última vez que vio a un personaje de la vida pública reconociendo un error? En España además tenemos la cultura de que si no reconoces un error, la memoria colectiva funciona siempre a corto plazo y no recordará tus equivocaciones, en los momentos oportunos buscará su identificación contigo y eso, aunque tu incompetencia sea manifiesta, te salvará de la quema. Eso sí, destacar sobre los demás será tu final y tu fracaso.
¿Cuántas veces nos hemos peleado en un Administración con un funcionario que nos dice que él no dicta las normas, solo las cumple? Este comentario por parte del funcionario no viene a ser sino otra manera de formular la teoría de Homer Simpson.
Frente a este panorama solo cabe ofrecer una serie de valores: el compromiso por la tarea, la responsabilidad por lo hecho, el respeto por las decisiones personales, asumir las consecuencias, no juzgar a los demás....
Uno de los grandes problemas de las personas es nuestra incapacidad de volver atrás en el tiempo y rectificar lo que hemos hecho. Este razonamiento, que es una demostración de lo imposible, se convierte en cierto cuando nos paramos a pensar (o lo comprobamos en las personas que conviven con nosotros) en cómo nos comportamos en mucha ocasiones en función de aquellas situaciones o errores que hemos cometido y no hemos sabido resolver. Gran parte de nuestras carencias en recursos emocionales se ven reflejadas en la manera en que resolvemos (o no) nuestros problemas cotidianos.
¿Qué hacemos con esas situaciones de nuestro pasado? Depende de cada persona, evidentemente, pero existen una serie de patrones que se repiten con una cierta frecuencia y que por mera cuestión de salud mental sería conveniente revisar.
Existen personas que evitan revivir o siquiera recordar la situación desagradable o estresante, como un fallecimiento, una separación, una pérdida, un abandono, un fracaso...Lo que sea, pero no volver a recordarlo. Pueden ser estas personas que evitan recordar y hablar de los problemas, que prefieren ver en el cine películas de reír que de llorar para no emocionarse y desbordar sus barreras.
Hay otro grupo de personas que intenta compensar sin reconocer el daño recibido (o realizado en muchos casos). Suelen ser personas que se desviven por los demás, que están siempre presentes cuando las demás personas sufren, que respetan y comparten el dolor de los otros pero no permiten a los demás acercarse a su propio dolor(si existe culpa, mucho menos). Son personas en una constante huida hacia delante, cuyo punto de partida sólo conocen ellos y que impiden a los demás ayudarles. Son los aparentemente fuertes, los aparentemente comprometidos, los aparentemente claros y sinceros...
Hay otras personas que se rinden, que utilizan ese sentimiento de culpa como excusa para seguir fracasando una y otra vez, que lo aprovechan para exigirle a las demás personas aquello que ellos no hacen, exigen respeto a sus fracasos cuando no suelen respetar a los demás, exigen libertad y opinan sobre los errores de los demás, prefieren hablar de lo que hacen terceras personas antes que explicar lo que hacen (o no) ellos. A estas personas la pérdida o el fracaso le suele servir como negación de lo evidente, de sus inseguridades y frustraciones, de sus miedos personales...suelen buscar culpables externos, padres, jefes, malos amigos...Quién sea menos yo
En la mayoría de estos casos estamos hablando de la elaboración del trauma o de una mala elaboración del duelo . Los pasos de una pérdida (ya sea de un ser querido, de una propia ilusión, de un mal trance, de una episodio desafortunado..) son los mismos y los describe Worden en su libro.
Una vez el ser humano es capaz de reconocer la pérdida (de reconocer los errores hablaremos más adelante) viene la parte más complicada de la tarea: pedir disculpas de corazón y con sinceridad (no de esa manera que le enseñamos a los niños, que es pedir disculpas para no ser castigados). Aquí me van a permitir utilizar un símil religioso: atrición es la disculpa que se realiza para no recibir la consecuencia de mi culpa, es pedir perdón para no recibir castigo o que este sea el menor posible. Es la disculpa del fariseo en el templo según la Biblia o la de los futbolistas leñeros para evitar las sanciones graves en la Liga de Fútbol Profesional.
Sin embargo, desde un punto de vista de psicoterapia, no nos sirve esa disculpa por una razón muy sencilla: no produce cambios en el proceso de la persona, trabaja en función del resultado por lo que los cambios serán superficiales. Y nosotros queremos cambios personales profundos, no superficiales.
Y, sin embargo, hay otra forma de pedir disculpas: la contrición consiste en pedir perdón y aceptar lo que suceda después, es la manera de reconocer sin poner condiciones, aceptar y tener la suficiente humildad para escuchar el daño que le hayas podido realizar a la persona que tiene enfrente. Es el sistema elegido en los recursos de mediación víctima-ofensor, donde muchas veces las víctimas necesitan la recompensa moral de expresarse y los agresores aprenden a respetar que el daño se lo han realizado a una persona. Evidentemente estos sistemas no se pueden realizar para todos los delitos (están desaconsejados en delitos de sangre, agresiones sexuales y similares), pero fomentar el arrepentimiento y darle a las dos partes la oportunidad de expresarse puede ser una forma de cambiar.
Como conclusión, me gustaría creer que, en cualquier camino personal, el proceso cuenta tanto como los resultados. Eso nos obliga a prestar atención a los aprendizajes y no solaparlos con el cumplimiento de los objetivos. Hermanos, obremos en consecuencia, que cada uno que reflexione y elija su postura libremente. Eso sí, el que elija la Homer Simpson que sepa que ya no se puede engañar: Yo también tengo mi parte de responsabilidad. Me guste o no.
Bibliografía y fuentes de información
- Cancrini, L (2004) Los temerarios en máquinas voladoras. Buenos Aires, Ed Nueva Visión.
- Damasio, A (2005) En busca de Spinoza: neurobiología de la emoción y los sentimientos. Barcelona, Ed. Crítica.
- Verdejo, A (2007) Neuropsicología en el tratamiento de la dependencia a la cocaína. Madrid, Revista Proyecto, Diciembre 2007.
-Volkow, N. (2006) Conferencia inaugural Congreso CPDD/2006. Washington, NIDA.
- Worden, J (1997). Elaboración del duelo. Barcelona, Ed Paidós.
De todos los episodios para mí el menos /más educativo es aquel en el que el señor Montgomery Burns busca un heredero mediante una selección de niños en Springfield . Evidentemente se presentan los niños Simpson, evidentemente Bart hace una gamberrada, de forma obvia el señor Burns (a través de su acólito Smithers) lo echa de la casa y obligados por las circunstancias, la familia Simpson se va por la cuesta que baja de la mansión.
Caminando por el sendero hacia la calle, Marge Simpson (mujer con mucho sentido común y grandes valores familiares demostrables desde el primer episodio) le dice a su marido que tendría que decirle algo a su hijo, el cual camina muy decepcionado junto a ellos. Entonces el gran Homer Simpson (enorme pozo de sabiduría a la inversa) le dice a su hijo estas palabras:” Hijo, te has esforzado y no lo has conseguido. ¿Qué has aprendido? No te esfuerces”
Estamos en un momento de desarrollo social en el que nuestras propias excusas justifican nuestros errores, el evitar el conflicto y el procurar no hablar claro supone enseñar a los demás que cuantos más rodeos nos den hay más probabilidades de que les dejemos en paz. Además, el aprender a no actuar en vez de hacerlo nos evita uno de los grandes aprendizajes vivenciales: tomar o no nuestras decisiones, aceptando además las consecuencias de nuestros actos. El problema es que en este momento actual parece mucho más sencillo culpar a los demás que aceptar una equivocación. Además, parece ser que decir “lo siento, me equivoqué, no te quise hacer daño, perdóname…” está pasado de moda en esta jungla nuestra donde todo son derechos y donde las personas que no rectifican y no reconocen un error se mantiene perennemente en sus puestos de trabajo y/o posiciones sociales. Como factor agravante, debido a nuestra cada vez mayor presencia de aprendizaje académico y ausencia de aprendizaje emocional, confundimos los términos culpa VS responsabilidad: la culpa es un sentimiento que es personal y que depende de lo que yo hago o dejo de hacer (cuando digo ”no”, me siento culpable), responsable se ES de lo que uno hace o deja de hacer(te sientas como te sientas), después vendrán la impotencia, la frustración, la rabia, la culpabilidad (ahora sí)... Para identificar este problema les planteo un ejercicio muy sencillo: las personas que funcionan con niveles superficiales de conocimiento emocional son aquellos que diferencian el mundo entre lo que les gusta y los que no. Suelen utilizar la dicotomía para expresarse: Me siento bien/mal, me gusta/No me gusta, Quiero/No quiero…Escuchen a su alrededor y observen las situaciones en que estas producciones lingüísticas se presentan.
Estas personas pueden llegar a conocerse y expresarse en el momento en que profundicen en que cargas emocionales son aquellas que les provoca ese placer/displacer: cuanto más lo descompongan y analicen, cuanto más concretos, más conocerán de sus reacciones y de los correlatos fisiológicos de estas emociones .
Así que ya vemos como construimos sobre nuestras carencias emocionales nuestras excusas y pretendemos responsabilizar al otro de nuestros errores: siempre es bueno que haya una minoría étnica o un colectivo excluido para responsabilizarlo de los conflictos sociales, culturales, delincuencia, drogas...Sobre las drogas quiero detenerme un momento.
Las nuevas investigaciones sobre alteraciones neuropsicológicas en drogodependientes, basadas en la Teoría del marcador somático y los recientes estudios realizados en neurobiología de la cocaína (que ya se ha convertido en la sustancia principal de abuso en la mayoría de los demandantes de tratamiento), nos obligan a plantearnos una serie de factores y problemas que no se habían puesto de manifiesto en las consideraciones clásicas de adicciones: el denominado “cerebro moral” (Volkow, 2006), las alteraciones en el control y expresión de las emociones, el bajo control de impulsos y el consiguiente déficit en toma de decisiones de la población drogodependiente (el definido como “control ejecutivo”). Esos déficits parecen relacionados con una serie de carencias afectivas que conllevaría un uso de drogas y violencia como respuesta emocional, tanto de bloqueo como de expresión (aunque sean respuestas inadecuadas). El correlato fisiológico de estas funciones se encontraría en el circuito formado por el córtex prefrontal (concretamente el área llamada córtex cingulado anterior) y el sistema límbico, especialmente la amígdala por su relación con el condicionamiento del miedo. ¿Alguna vez se han parado a pensar en por qué los adictos en activo no muestran señales de miedo, ni en situaciones de riesgo extremo? ¿Por qué llega un momento en que les aburre cualquier actividad que hagan?
De hecho, en gran parte de estas personas nos encontramos con problemas en sus circuitos de recompensa, sobre todo relacionados con el neurotransmisor denominado dopamina: la necesidad de recompensas inmediatas (llamadas drogas) que activen la segregación de esta sustancia (dopamina) provoca que se reduzca la capacidad de obtener recompensas mayores pero demoradas; de la misma manera, cada vez necesitamos recompensas mayores para sentir la misma emoción. Con lo que, cada vez buscamos situaciones más intensas emocionalmente hasta que se sobrepasa la activación y terminamos por no sentir. Los circuitos se sobrecargan y se acabó la emoción. Es un símil un tanto burdo, lo reconozco. Bastante aproximado, eso sí.
Aquí es donde pasaremos más adelante a hablar de lo que es bueno o malo y quién decide esto. De lo que se trata, lo que parece más importante, es la escasa capacidad del ser humano hoy en día para reconocer una equivocación o rectificar una decisión, incluyendo las que afecten a un grupo amplio de personas. ¿Cuándo fue la última vez que vio a un personaje de la vida pública reconociendo un error? En España además tenemos la cultura de que si no reconoces un error, la memoria colectiva funciona siempre a corto plazo y no recordará tus equivocaciones, en los momentos oportunos buscará su identificación contigo y eso, aunque tu incompetencia sea manifiesta, te salvará de la quema. Eso sí, destacar sobre los demás será tu final y tu fracaso.
¿Cuántas veces nos hemos peleado en un Administración con un funcionario que nos dice que él no dicta las normas, solo las cumple? Este comentario por parte del funcionario no viene a ser sino otra manera de formular la teoría de Homer Simpson.
Frente a este panorama solo cabe ofrecer una serie de valores: el compromiso por la tarea, la responsabilidad por lo hecho, el respeto por las decisiones personales, asumir las consecuencias, no juzgar a los demás....
Uno de los grandes problemas de las personas es nuestra incapacidad de volver atrás en el tiempo y rectificar lo que hemos hecho. Este razonamiento, que es una demostración de lo imposible, se convierte en cierto cuando nos paramos a pensar (o lo comprobamos en las personas que conviven con nosotros) en cómo nos comportamos en mucha ocasiones en función de aquellas situaciones o errores que hemos cometido y no hemos sabido resolver. Gran parte de nuestras carencias en recursos emocionales se ven reflejadas en la manera en que resolvemos (o no) nuestros problemas cotidianos.
¿Qué hacemos con esas situaciones de nuestro pasado? Depende de cada persona, evidentemente, pero existen una serie de patrones que se repiten con una cierta frecuencia y que por mera cuestión de salud mental sería conveniente revisar.
Existen personas que evitan revivir o siquiera recordar la situación desagradable o estresante, como un fallecimiento, una separación, una pérdida, un abandono, un fracaso...Lo que sea, pero no volver a recordarlo. Pueden ser estas personas que evitan recordar y hablar de los problemas, que prefieren ver en el cine películas de reír que de llorar para no emocionarse y desbordar sus barreras.
Hay otro grupo de personas que intenta compensar sin reconocer el daño recibido (o realizado en muchos casos). Suelen ser personas que se desviven por los demás, que están siempre presentes cuando las demás personas sufren, que respetan y comparten el dolor de los otros pero no permiten a los demás acercarse a su propio dolor(si existe culpa, mucho menos). Son personas en una constante huida hacia delante, cuyo punto de partida sólo conocen ellos y que impiden a los demás ayudarles. Son los aparentemente fuertes, los aparentemente comprometidos, los aparentemente claros y sinceros...
Hay otras personas que se rinden, que utilizan ese sentimiento de culpa como excusa para seguir fracasando una y otra vez, que lo aprovechan para exigirle a las demás personas aquello que ellos no hacen, exigen respeto a sus fracasos cuando no suelen respetar a los demás, exigen libertad y opinan sobre los errores de los demás, prefieren hablar de lo que hacen terceras personas antes que explicar lo que hacen (o no) ellos. A estas personas la pérdida o el fracaso le suele servir como negación de lo evidente, de sus inseguridades y frustraciones, de sus miedos personales...suelen buscar culpables externos, padres, jefes, malos amigos...Quién sea menos yo
En la mayoría de estos casos estamos hablando de la elaboración del trauma o de una mala elaboración del duelo . Los pasos de una pérdida (ya sea de un ser querido, de una propia ilusión, de un mal trance, de una episodio desafortunado..) son los mismos y los describe Worden en su libro.
Una vez el ser humano es capaz de reconocer la pérdida (de reconocer los errores hablaremos más adelante) viene la parte más complicada de la tarea: pedir disculpas de corazón y con sinceridad (no de esa manera que le enseñamos a los niños, que es pedir disculpas para no ser castigados). Aquí me van a permitir utilizar un símil religioso: atrición es la disculpa que se realiza para no recibir la consecuencia de mi culpa, es pedir perdón para no recibir castigo o que este sea el menor posible. Es la disculpa del fariseo en el templo según la Biblia o la de los futbolistas leñeros para evitar las sanciones graves en la Liga de Fútbol Profesional.
Sin embargo, desde un punto de vista de psicoterapia, no nos sirve esa disculpa por una razón muy sencilla: no produce cambios en el proceso de la persona, trabaja en función del resultado por lo que los cambios serán superficiales. Y nosotros queremos cambios personales profundos, no superficiales.
Y, sin embargo, hay otra forma de pedir disculpas: la contrición consiste en pedir perdón y aceptar lo que suceda después, es la manera de reconocer sin poner condiciones, aceptar y tener la suficiente humildad para escuchar el daño que le hayas podido realizar a la persona que tiene enfrente. Es el sistema elegido en los recursos de mediación víctima-ofensor, donde muchas veces las víctimas necesitan la recompensa moral de expresarse y los agresores aprenden a respetar que el daño se lo han realizado a una persona. Evidentemente estos sistemas no se pueden realizar para todos los delitos (están desaconsejados en delitos de sangre, agresiones sexuales y similares), pero fomentar el arrepentimiento y darle a las dos partes la oportunidad de expresarse puede ser una forma de cambiar.
Como conclusión, me gustaría creer que, en cualquier camino personal, el proceso cuenta tanto como los resultados. Eso nos obliga a prestar atención a los aprendizajes y no solaparlos con el cumplimiento de los objetivos. Hermanos, obremos en consecuencia, que cada uno que reflexione y elija su postura libremente. Eso sí, el que elija la Homer Simpson que sepa que ya no se puede engañar: Yo también tengo mi parte de responsabilidad. Me guste o no.
Bibliografía y fuentes de información
- Cancrini, L (2004) Los temerarios en máquinas voladoras. Buenos Aires, Ed Nueva Visión.
- Damasio, A (2005) En busca de Spinoza: neurobiología de la emoción y los sentimientos. Barcelona, Ed. Crítica.
- Verdejo, A (2007) Neuropsicología en el tratamiento de la dependencia a la cocaína. Madrid, Revista Proyecto, Diciembre 2007.
-Volkow, N. (2006) Conferencia inaugural Congreso CPDD/2006. Washington, NIDA.
- Worden, J (1997). Elaboración del duelo. Barcelona, Ed Paidós.
domingo, 2 de mayo de 2010
Ética en el cuidado de personas con problemas de adicción
Con la reciente aparición de las denominadas Terapias de Tercera Generación, con las que se pretende recuperar parte de los fundamentos profesionales que han regido la Psicología Clínica y de la Salud durante los últimos años y dentro de la actual problemática acerca de la capacitación profesional de los psicólogos, un aspecto poco contemplado y en que casi no se incide dentro de la cualificación de los terapeutas es el de los condicionantes éticos del trabajo del psicólogo, el autoconocimiento sobre las aptitudes del profesional, la elección de una determinada filosofía de tratamiento o el binomio respeto/confianza entre el terapeuta y el paciente.
A veces se nos olvida que los psicólogos que trabajamos en terapia no trabajamos con sesiones, ni protocolos, ni ordenadores ni cajas de cartón. Trabajamos con personas, lo que tiene que ser mucho más importante que todo lo anterior.
En los diferentes Informes de Evaluación realizados por la Comisión Nacional de Evaluación de Proyecto Hombre sobre los centros de tratamiento y deshabituación de adicciones, uno de los principales predictores sobre la eficacia del tratamiento era la adherencia al profesional o al equipo que lleva a cabo la terapia correspondiente. (CNE 2004, 2006, 2007, 2008). Sin embargo, pocas veces se menciona al explicar a los futuros psicólogos la importancia de sus actitudes y aptitudes profesionales (y en algunos casos, personales).
¿En qué consiste la actual formación de los psicólogos y en concreto qué requisitos se exigen para ejercer como psicólogo clínico o como psicoterapeuta? Fundamentalmente en una acumulación de conocimientos sobre una o dos corrientes terapéuticas (en condiciones normales hablamos sobre corrientes de primera o segunda generación de terapias personales) que se convierte de forma casi automática en un dogma psicológico del que no se puede dudar y que no se puede cuestionar, asociado al manejo de varias técnicas relacionadas con dichas corrientes(y casi nunca formarse en corrientes alternativas o teorías diferentes), elaborar una supuesta objetividad científica en el análisis de cada paciente (casi como si observáramos a un insecto desde un microscopio) para realizar un análisis funcional(o hipótesis del caso o itinerario terapéutico o…) muy centrado en el trastorno y muy poco en la persona, realizado dependiendo de la corriente considerada como fundamental para cada terapeuta(Olivares & Méndez, 2001).
¿Qué significa ser un buen profesional? A veces y dependiendo de para quién sea la pregunta significa ser un autómata que se limita a repetir los movimientos adquiridos procedentes de un supuesto “gurú” de la terapia, un robot que repite los mismos tratamientos con absoluta mecanicidad y con una completa frialdad hacia la persona, un replicante (este es un pequeño homenaje a “Blade Runner” y a ¿“Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que espero me permitan) casi humano hasta que se le toca el aspecto personal y entonces se defiende con que se termina el tiempo(o yo no he venido aquí para hacer terapia, como si hiciera falta explicar quién es el paciente y quién el terapeuta) o una persona. A partir de estas exageraciones por mi parte (pero que en algunos casos no están exentas de cierto aroma a realidad, la formación de los psicólogos puede ser enseñar qué decir palabra por palabra, cómo decirlo incluyendo en cada momento la conducta verbal y no verbal sin interacción con la persona, seguir un guión exacto sobre qué preguntas hacer sin saltarte una coma, y en algunos casos y para algunos profesionales y profesores una completa rigidez en las entrevistas (Olivares & Méndez, 2001 ). O sea, utilizar la distancia profesional para no equivocarse.
La distancia profesional (en mi humilde opinión) no puede utilizarse como forma de encubrir el miedo a mostrar mi lado humano, porque en este caso tendríamos que hablar acerca de la inseguridad del psicólogo para no mostrar sus emociones y su sufrimiento cuando ve sufrir al otro (Worden, 1997)(¿o es que esto no nos ocurre en ocasiones?), nuestra vana intención de querer ver el sufrimiento del otro desde fuera y no implicarse emocionalmente(Marina, 1996), el miedo a no saber desligarse emocionalmente de esa persona que debe seguir su propio camino y/o a perder esa profesionalidad por no saber reconocer mis errores(¿en qué Facultad enseñan a los psicólogos a equivocarse?).
Dentro de estas consideraciones ¿dónde entraría el uso del taco dentro de la relación profesional, como decía el recientemente fallecido Albert Ellis? Ni mencionar el comentario acerca del manotazo en la mesa frente al incumplimiento que el mismo Ellis mencionaba como adecuado dentro de su Terapia Racional Emotiva (Ellis, 1980), ahora que se valora tanto su participación el los avances terapéuticos del final del siglo XX. Evidentemente esto no significa tratar con poco respeto o si educación a los pacientes, pero sí significa ser lo más claro, honesto y concreto posible.¿Hemos aceptado los psicólogos que trabajamos en la actualidad el hecho de que en muchas ocasiones el primer “NO” firme y tajante que se la de da a una persona (sobre todo a los pertenecientes a las generaciones jóvenes) se lo damos nosotros?¿Hemos aceptado nuestra parte de responsabilidad en esta relación, sin jugar a ser ni los amiguitos ni los policías de nadie? ¿Hemos aceptado el cambio de roles sociales y las diferencias entre la educación y la cultura de los años 70 y la actual? Si la respuesta a alguna de esta pregunta es “SÍ”, ¿cuál es la razón por la que seguimos usando las mismas estrategias de hace 30 años?
¿Dónde está el aprendizaje sobre la respuesta emocional ( Damasio, 1994)?¿En qué escuela profesional nos enseñan a mostrar nuestras emociones y a actuar/decidir aceptando lo que sentimos(Damasio, 1994?¿Y dónde te explican la manera de enseñar eso a un paciente para que lo pueda utilizar en la solución de sus problemas?
¿De qué hablamos cuando hablamos de Distancia? A mí me gustaría creer que cuando nos referimos a la llamada Distancia Terapéutica lo hacemos definiéndola como una atención específica y cercana a cada persona, relacionada con una capacidad crítica de los profesionales acerca de sus actitudes y aptitudes profesionales. En cambio, en muchas ocasiones, la Distancia profesional se relaciona con la asepsia personal, con una enorme frialdad en el trato con los pacientes. Y en mi opinión la mecanicidad del profesional la veo (y la ven muchos pacientes que ya han estado anteriormente en terapia) como manera de encubrir carencias profesionales (y puede que personales) por parte de los psicólogos ¿O si no qué es toda esa jergafasia que utilizamos en muchas ocasiones cuando no somos capaces de hablar claro?¿O creemos que es ético tratar a una persona en función sobre todo del trastorno que le diagnosticamos dejando a un lado su contexto personal?
Vuelvo a referirme a estas terapias de Tercera Generación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso: me parece fundamental (y considero muy beneficioso para los terapeutas) fomentar la necesidad de conocer los valores personales y profesionales de cada psicólogo(Luciano & Wilson, 2002), facilitar el paso del paciente pasivo al sujeto activo, a la persona como motor de cambio, al protagonismo del paciente en la relación terapéutica, al análisis de cada caso como diferente, a pactar los logros y metas conjuntamente(Álvarez,1998).
A veces me veo encerrado en la paradoja del psicólogo: decir a los demás que hagan lo que nosotros no hacemos y no reconocer nuestros propios errores cuando trabajamos sobre las equivocaciones de las demás personas(Ellis, 1980).
Creo que ahora me toca definirme y opinar sobre estos temas. Afirmo mi apuesta por la humanización del terapeuta, creo en mi trabajo diario de la importancia de funcionar por binomios: Respeto/Afecto, Cercanía/Distancia, Confianza/Profesionalidad.
Considero que la recuperación a nivel popular del humanismo en la terapia (en ocasiones mal enfocado o poco contrastado pero mucho más cercano en el trato a la persona que las actuales consultas de psicólogos) y la popularización de determinadas técnicas(biografía, cuentos, gestálticos, arteterapia, colorterapia, musicoterapia, psicoterapia psicodramática…) deberían enseñarnos algo acerca de lo que las personas echan de menos por parte de los que nos creemos profesionales de la terapia.
Podríamos aprender de la Psicología de Recursos Humanos, donde hace tiempo que hablan claramente sobre mentalidades abiertas, actitudes honestas, puntos fuertes y débiles, oportunidades, amenazas, gestión de sentimientos, conocimiento personal, recursos personales, expectativas…(Velasco, 1999)
Yo defiendo la necesidad de un eclecticismo práctico en los profesionales de la terapia, sin rechazar ninguna técnica, corriente o terapia como fuente de aprendizaje. Defiendo la especificad de cada persona que merece ser atendida lo mejor posible, escuchando y respetando sus particularidades y diferencias (Cañas, 2004). Defiendo también un espíritu más autocrítico por parte de los profesionales de la psicología, recordando a todos los profesionales la necesidad de aprendizaje contínuo y de reciclaje profesional. Defiendo la humildad del que se debe a los demás en su ejercicio profesional. Por último, defiendo el sagrado deber de la tarea como obligación profesional por encima de dogmas, teorías y creencias, con el compromiso de honradez y claridad que creo debemos tener los psicólogos. No creo que haya nada más contraproducente para la relación terapéutica que un psicólogo, sea de la rama que sea, utilizando jerga psicológica contra alguien que no le entiende.
Y no hablo de actuar para hacer amigos, sino de ser respetuoso, honesto y claro con el otro. En resumen, de ser humano.
¿Para cuando una asignatura obligatoria en los planes de estudio de Psicología de Ética y Código Deontológico para psicólogos?
A veces se nos olvida que los psicólogos que trabajamos en terapia no trabajamos con sesiones, ni protocolos, ni ordenadores ni cajas de cartón. Trabajamos con personas, lo que tiene que ser mucho más importante que todo lo anterior.
En los diferentes Informes de Evaluación realizados por la Comisión Nacional de Evaluación de Proyecto Hombre sobre los centros de tratamiento y deshabituación de adicciones, uno de los principales predictores sobre la eficacia del tratamiento era la adherencia al profesional o al equipo que lleva a cabo la terapia correspondiente. (CNE 2004, 2006, 2007, 2008). Sin embargo, pocas veces se menciona al explicar a los futuros psicólogos la importancia de sus actitudes y aptitudes profesionales (y en algunos casos, personales).
¿En qué consiste la actual formación de los psicólogos y en concreto qué requisitos se exigen para ejercer como psicólogo clínico o como psicoterapeuta? Fundamentalmente en una acumulación de conocimientos sobre una o dos corrientes terapéuticas (en condiciones normales hablamos sobre corrientes de primera o segunda generación de terapias personales) que se convierte de forma casi automática en un dogma psicológico del que no se puede dudar y que no se puede cuestionar, asociado al manejo de varias técnicas relacionadas con dichas corrientes(y casi nunca formarse en corrientes alternativas o teorías diferentes), elaborar una supuesta objetividad científica en el análisis de cada paciente (casi como si observáramos a un insecto desde un microscopio) para realizar un análisis funcional(o hipótesis del caso o itinerario terapéutico o…) muy centrado en el trastorno y muy poco en la persona, realizado dependiendo de la corriente considerada como fundamental para cada terapeuta(Olivares & Méndez, 2001).
¿Qué significa ser un buen profesional? A veces y dependiendo de para quién sea la pregunta significa ser un autómata que se limita a repetir los movimientos adquiridos procedentes de un supuesto “gurú” de la terapia, un robot que repite los mismos tratamientos con absoluta mecanicidad y con una completa frialdad hacia la persona, un replicante (este es un pequeño homenaje a “Blade Runner” y a ¿“Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que espero me permitan) casi humano hasta que se le toca el aspecto personal y entonces se defiende con que se termina el tiempo(o yo no he venido aquí para hacer terapia, como si hiciera falta explicar quién es el paciente y quién el terapeuta) o una persona. A partir de estas exageraciones por mi parte (pero que en algunos casos no están exentas de cierto aroma a realidad, la formación de los psicólogos puede ser enseñar qué decir palabra por palabra, cómo decirlo incluyendo en cada momento la conducta verbal y no verbal sin interacción con la persona, seguir un guión exacto sobre qué preguntas hacer sin saltarte una coma, y en algunos casos y para algunos profesionales y profesores una completa rigidez en las entrevistas (Olivares & Méndez, 2001 ). O sea, utilizar la distancia profesional para no equivocarse.
La distancia profesional (en mi humilde opinión) no puede utilizarse como forma de encubrir el miedo a mostrar mi lado humano, porque en este caso tendríamos que hablar acerca de la inseguridad del psicólogo para no mostrar sus emociones y su sufrimiento cuando ve sufrir al otro (Worden, 1997)(¿o es que esto no nos ocurre en ocasiones?), nuestra vana intención de querer ver el sufrimiento del otro desde fuera y no implicarse emocionalmente(Marina, 1996), el miedo a no saber desligarse emocionalmente de esa persona que debe seguir su propio camino y/o a perder esa profesionalidad por no saber reconocer mis errores(¿en qué Facultad enseñan a los psicólogos a equivocarse?).
Dentro de estas consideraciones ¿dónde entraría el uso del taco dentro de la relación profesional, como decía el recientemente fallecido Albert Ellis? Ni mencionar el comentario acerca del manotazo en la mesa frente al incumplimiento que el mismo Ellis mencionaba como adecuado dentro de su Terapia Racional Emotiva (Ellis, 1980), ahora que se valora tanto su participación el los avances terapéuticos del final del siglo XX. Evidentemente esto no significa tratar con poco respeto o si educación a los pacientes, pero sí significa ser lo más claro, honesto y concreto posible.¿Hemos aceptado los psicólogos que trabajamos en la actualidad el hecho de que en muchas ocasiones el primer “NO” firme y tajante que se la de da a una persona (sobre todo a los pertenecientes a las generaciones jóvenes) se lo damos nosotros?¿Hemos aceptado nuestra parte de responsabilidad en esta relación, sin jugar a ser ni los amiguitos ni los policías de nadie? ¿Hemos aceptado el cambio de roles sociales y las diferencias entre la educación y la cultura de los años 70 y la actual? Si la respuesta a alguna de esta pregunta es “SÍ”, ¿cuál es la razón por la que seguimos usando las mismas estrategias de hace 30 años?
¿Dónde está el aprendizaje sobre la respuesta emocional ( Damasio, 1994)?¿En qué escuela profesional nos enseñan a mostrar nuestras emociones y a actuar/decidir aceptando lo que sentimos(Damasio, 1994?¿Y dónde te explican la manera de enseñar eso a un paciente para que lo pueda utilizar en la solución de sus problemas?
¿De qué hablamos cuando hablamos de Distancia? A mí me gustaría creer que cuando nos referimos a la llamada Distancia Terapéutica lo hacemos definiéndola como una atención específica y cercana a cada persona, relacionada con una capacidad crítica de los profesionales acerca de sus actitudes y aptitudes profesionales. En cambio, en muchas ocasiones, la Distancia profesional se relaciona con la asepsia personal, con una enorme frialdad en el trato con los pacientes. Y en mi opinión la mecanicidad del profesional la veo (y la ven muchos pacientes que ya han estado anteriormente en terapia) como manera de encubrir carencias profesionales (y puede que personales) por parte de los psicólogos ¿O si no qué es toda esa jergafasia que utilizamos en muchas ocasiones cuando no somos capaces de hablar claro?¿O creemos que es ético tratar a una persona en función sobre todo del trastorno que le diagnosticamos dejando a un lado su contexto personal?
Vuelvo a referirme a estas terapias de Tercera Generación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso: me parece fundamental (y considero muy beneficioso para los terapeutas) fomentar la necesidad de conocer los valores personales y profesionales de cada psicólogo(Luciano & Wilson, 2002), facilitar el paso del paciente pasivo al sujeto activo, a la persona como motor de cambio, al protagonismo del paciente en la relación terapéutica, al análisis de cada caso como diferente, a pactar los logros y metas conjuntamente(Álvarez,1998).
A veces me veo encerrado en la paradoja del psicólogo: decir a los demás que hagan lo que nosotros no hacemos y no reconocer nuestros propios errores cuando trabajamos sobre las equivocaciones de las demás personas(Ellis, 1980).
Creo que ahora me toca definirme y opinar sobre estos temas. Afirmo mi apuesta por la humanización del terapeuta, creo en mi trabajo diario de la importancia de funcionar por binomios: Respeto/Afecto, Cercanía/Distancia, Confianza/Profesionalidad.
Considero que la recuperación a nivel popular del humanismo en la terapia (en ocasiones mal enfocado o poco contrastado pero mucho más cercano en el trato a la persona que las actuales consultas de psicólogos) y la popularización de determinadas técnicas(biografía, cuentos, gestálticos, arteterapia, colorterapia, musicoterapia, psicoterapia psicodramática…) deberían enseñarnos algo acerca de lo que las personas echan de menos por parte de los que nos creemos profesionales de la terapia.
Podríamos aprender de la Psicología de Recursos Humanos, donde hace tiempo que hablan claramente sobre mentalidades abiertas, actitudes honestas, puntos fuertes y débiles, oportunidades, amenazas, gestión de sentimientos, conocimiento personal, recursos personales, expectativas…(Velasco, 1999)
Yo defiendo la necesidad de un eclecticismo práctico en los profesionales de la terapia, sin rechazar ninguna técnica, corriente o terapia como fuente de aprendizaje. Defiendo la especificad de cada persona que merece ser atendida lo mejor posible, escuchando y respetando sus particularidades y diferencias (Cañas, 2004). Defiendo también un espíritu más autocrítico por parte de los profesionales de la psicología, recordando a todos los profesionales la necesidad de aprendizaje contínuo y de reciclaje profesional. Defiendo la humildad del que se debe a los demás en su ejercicio profesional. Por último, defiendo el sagrado deber de la tarea como obligación profesional por encima de dogmas, teorías y creencias, con el compromiso de honradez y claridad que creo debemos tener los psicólogos. No creo que haya nada más contraproducente para la relación terapéutica que un psicólogo, sea de la rama que sea, utilizando jerga psicológica contra alguien que no le entiende.
Y no hablo de actuar para hacer amigos, sino de ser respetuoso, honesto y claro con el otro. En resumen, de ser humano.
¿Para cuando una asignatura obligatoria en los planes de estudio de Psicología de Ética y Código Deontológico para psicólogos?
LA FALSA EPIDEMIA DEL ÉXTASIS/XTC: LA ALARMA SOCIAL Y LAS MENTIRAS PÚBLICAS
Quisiera alertar sobre los riesgos de las alarmas mediáticas y las consecuencias de desenfocar los problemas y presentar informaciones sesgadas. En mi opinión, hubo un ejemplo muy doloroso y que a largo plazo se ha mostrado como una muestra de descoordinación entre medios de comunicación, sociedad y poderes públicos:
En la década de los 90 hubo una gran alarma sobre el riesgo de consumo de una serie de derivados anfetamínicos denominados “Éxtasis” que aparecieron vinculados a una serie de fiestas de música techno y variantes, denominadas “rave parties”, que consistían en una reunión multitudinaria en una nave o macrodiscoteca que podía llegar a dura varios días y en las cuales se consumían estas pastillas con agua o zumos. En algunas de estas fiestas (concretamente en una “party” organizada en Málaga en el Pabellón Martín Carpena) hubo varios fallecidos por paradas cardiorrespiratorias debido al consumo abusivo de metanfetamina (el famoso “éxtasis” o “XTC”). Se produjo una enorme repercusión de estos casos, se realizaron una serie de campañas alertando sobre estas sustancias y…despareció la alerta.
¿Cuál es el estado de esa cuestión? Que siguen existiendo pastillas, que se toman mezcladas con alcohol, que no existe en Andalucía un grupo de consumidores que se puedan considerar puros de estas sustancias, sino que sus consumidores usan de manera habitual alcohol cannabis y cocaína, que son los mismos consumidores de otros contextos no recreativos…Pero sobre todo, que en la época en que surgió la alarma por el Éxtasis se banalizaba el uso de la sustancia que se ha convertido en la gran epidemia de principios del siglo XXI, la cual estaba considerada la droga del éxito social en los 90, que se convirtió en la droga de las fiestas en los finales de esta década y que hoy en día nos ha convertido en el segundo consumidor absoluto del mundo y el primero en porcentaje de consumo por cada 10.000 habitantes: la cocaína. Con lo que la falsa alarma del éxtasis provocó la cortina de humo ideal para la epidemia de la cocaína.
Algo falló en ese momento. Debemos tener suficientes mecanismos de control para poder elaborar ajustes frente a estos malfuncionamientos. El problema es que el fallo fue en diferentes niveles: medios de comunicación, sociedad, sanidad, instituciones públicas, políticos…Deberíamos darnos cuenta de qué fue para que no se repita. Por lo menos, para aprender del error que ya hemos cometido.
En la década de los 90 hubo una gran alarma sobre el riesgo de consumo de una serie de derivados anfetamínicos denominados “Éxtasis” que aparecieron vinculados a una serie de fiestas de música techno y variantes, denominadas “rave parties”, que consistían en una reunión multitudinaria en una nave o macrodiscoteca que podía llegar a dura varios días y en las cuales se consumían estas pastillas con agua o zumos. En algunas de estas fiestas (concretamente en una “party” organizada en Málaga en el Pabellón Martín Carpena) hubo varios fallecidos por paradas cardiorrespiratorias debido al consumo abusivo de metanfetamina (el famoso “éxtasis” o “XTC”). Se produjo una enorme repercusión de estos casos, se realizaron una serie de campañas alertando sobre estas sustancias y…despareció la alerta.
¿Cuál es el estado de esa cuestión? Que siguen existiendo pastillas, que se toman mezcladas con alcohol, que no existe en Andalucía un grupo de consumidores que se puedan considerar puros de estas sustancias, sino que sus consumidores usan de manera habitual alcohol cannabis y cocaína, que son los mismos consumidores de otros contextos no recreativos…Pero sobre todo, que en la época en que surgió la alarma por el Éxtasis se banalizaba el uso de la sustancia que se ha convertido en la gran epidemia de principios del siglo XXI, la cual estaba considerada la droga del éxito social en los 90, que se convirtió en la droga de las fiestas en los finales de esta década y que hoy en día nos ha convertido en el segundo consumidor absoluto del mundo y el primero en porcentaje de consumo por cada 10.000 habitantes: la cocaína. Con lo que la falsa alarma del éxtasis provocó la cortina de humo ideal para la epidemia de la cocaína.
Algo falló en ese momento. Debemos tener suficientes mecanismos de control para poder elaborar ajustes frente a estos malfuncionamientos. El problema es que el fallo fue en diferentes niveles: medios de comunicación, sociedad, sanidad, instituciones públicas, políticos…Deberíamos darnos cuenta de qué fue para que no se repita. Por lo menos, para aprender del error que ya hemos cometido.
DROGAS LEGALES: LA DESTRUCCIÓN POR LA COTIDIANEIDAD
No quisiera extenderme mucho sobre las drogas permitidas por el sistema recaudatorio. Existen numerosos debates que sitúan las posturas a favor o en contra. Puesto que en ningún momento de este ensayo se han emitido opiniones acerca de la bondad o maldad de los tóxicos, manteniendo el espíritu crítico y la intención de hacer preguntas más que ofrecer respuestas dogmáticas, me voy a limitar a exponer las cuestiones que considero necesarias:
¿Dónde podemos ubicar las adicciones legales? ¿Justifica su legalidad los daños que provocan?
El alcohol es la sustancia principal en la mayoría de los atendidos, accidentes de tráfico, delitos cometidos por violencia de género. Su consumo está permitido, alentado, jaleado, socializado, convertido en un ritual de paso hacia la edad adulta, vinculado a fiestas culturales, religiosas, celebraciones deportivas. Difícil escapar de la influencia del alcohol en esta sociedad nuestra.
El tabaco es la sustancia que supone mayor gasto sanitario y muertes al año, tanto por acción directa en cáncer de pulmón y enfisema como en alteraciones coronarias. De hecho, el inicio en edades tempranas supone una correlación directa en muerte temprana. Suele estar vinculado su consumo a rituales sociales, siendo bastante complicado abandonar el consumo y bastante sencillo recaer en su uso.
El juego, socialmente bien visto, puede suponer adicción por sí mismo, por combinación con otras sustancias, como puente hacia ellas, como indicador de recaídas...Relacionado con trastornos compulsivos, desórdenes comportamentales, deudas. Múltiples vías de riesgo: loterías, quinielas, tragaperras, apuestas por Internet...
¿Y los efectos de estas adicciones legales?
Problemas familiares, conflictos de pareja, deudas y préstamos imposibles de ser cubiertos, aislamiento social, ausencia de actividades provechosas de tiempo libre, absentismo y accidentes laborales, engaños y fraudes a determinados organismos (Seguridad Social, Servicios de Empleo, Servicios Sociales), problemas educativos en los hijos, desatención de los hijos y los dependientes a cargo...
Demasiado para que pasen tan desapercibidas como sucede. O para banalizar su uso como hacemos en muchas ocasiones en nuestra comunidad autónoma. En cualquier fiesta local, sin ir más lejos. Pónganle nombre: las Cruces, la Feria, Carnavales…
¿Dónde podemos ubicar las adicciones legales? ¿Justifica su legalidad los daños que provocan?
El alcohol es la sustancia principal en la mayoría de los atendidos, accidentes de tráfico, delitos cometidos por violencia de género. Su consumo está permitido, alentado, jaleado, socializado, convertido en un ritual de paso hacia la edad adulta, vinculado a fiestas culturales, religiosas, celebraciones deportivas. Difícil escapar de la influencia del alcohol en esta sociedad nuestra.
El tabaco es la sustancia que supone mayor gasto sanitario y muertes al año, tanto por acción directa en cáncer de pulmón y enfisema como en alteraciones coronarias. De hecho, el inicio en edades tempranas supone una correlación directa en muerte temprana. Suele estar vinculado su consumo a rituales sociales, siendo bastante complicado abandonar el consumo y bastante sencillo recaer en su uso.
El juego, socialmente bien visto, puede suponer adicción por sí mismo, por combinación con otras sustancias, como puente hacia ellas, como indicador de recaídas...Relacionado con trastornos compulsivos, desórdenes comportamentales, deudas. Múltiples vías de riesgo: loterías, quinielas, tragaperras, apuestas por Internet...
¿Y los efectos de estas adicciones legales?
Problemas familiares, conflictos de pareja, deudas y préstamos imposibles de ser cubiertos, aislamiento social, ausencia de actividades provechosas de tiempo libre, absentismo y accidentes laborales, engaños y fraudes a determinados organismos (Seguridad Social, Servicios de Empleo, Servicios Sociales), problemas educativos en los hijos, desatención de los hijos y los dependientes a cargo...
Demasiado para que pasen tan desapercibidas como sucede. O para banalizar su uso como hacemos en muchas ocasiones en nuestra comunidad autónoma. En cualquier fiesta local, sin ir más lejos. Pónganle nombre: las Cruces, la Feria, Carnavales…
MATERIALISMO Y DROGAS: LA FALSA IMAGEN DE LAS SUSTANCIAS
¿Y si las drogas tuvieran alguna raíz socioeconómica? Normalmente el análisis de la situación de los consumidores en Andalucía se realiza en términos sanitarios, psicológicos y, en ocasiones, de inserción sociolaboral. Escasamente se observan análisis antropológicos (especialmente de factores culturales), económicos o sociológicos. La Ciencia Social debería plantear una opinión sobre las adicciones en general y desarrollar una adaptación de la situación a la realidad andaluza.
Aspectos como la necesidad de estatus o refuerzo social, el mercantilismo de las drogas, la aparición y proliferación de las “smart shops” (tiendas de productos relacionados con el consumo y producción de sustancias), los supermercados de accesorios de consumo (pipas, mecheros, botellas, papeles…), las camisetas de la apología del consumo (especialmente poderoso es el “lobby” del cannabis), la música del consumo, por el consumo y sobre el consumo…¿Cómo se explican todos estos elementos relacionados con el uso de sustancias como el cannabis o la cocaína de una manera puramente médica o psicológica?
Desde un enfoque procesual, la utilización de estas sustancias se puede plantear como un proceso público (no oculto para los que lo hacen) que afecta al grupo que se identifica con ese comportamiento. Este proceso tiene unos objetivos asumidos de manera expresa o tácita por los componentes. En ese contexto procesual, podemos hablar del manejo, el acceso y el consumo de sustancias como una cuota de poder dentro del grupo. Ese poder, en términos de Antropología Política, se definiría como la capacidad de cumplir los objetivos, vamos, de seguir consumiendo. Por eso, los líderes de estos grupos no se suelen elegir por capacidades personales o intelectuales, ni siquiera por carisma. El poder, en estos grupos, se asocia a la cantidad de marihuana, cocaína, éxtasis…que puedas conseguir. Se añade a esta definición de poder la parafernalia y simbología asociada y tenemos un factor social no muy diferente en interpretación de otros movimientos colectivos. Eso sí, con ciertos efectos secundarios que pueden convertirse en muy problemáticos.
Aspectos como la necesidad de estatus o refuerzo social, el mercantilismo de las drogas, la aparición y proliferación de las “smart shops” (tiendas de productos relacionados con el consumo y producción de sustancias), los supermercados de accesorios de consumo (pipas, mecheros, botellas, papeles…), las camisetas de la apología del consumo (especialmente poderoso es el “lobby” del cannabis), la música del consumo, por el consumo y sobre el consumo…¿Cómo se explican todos estos elementos relacionados con el uso de sustancias como el cannabis o la cocaína de una manera puramente médica o psicológica?
Desde un enfoque procesual, la utilización de estas sustancias se puede plantear como un proceso público (no oculto para los que lo hacen) que afecta al grupo que se identifica con ese comportamiento. Este proceso tiene unos objetivos asumidos de manera expresa o tácita por los componentes. En ese contexto procesual, podemos hablar del manejo, el acceso y el consumo de sustancias como una cuota de poder dentro del grupo. Ese poder, en términos de Antropología Política, se definiría como la capacidad de cumplir los objetivos, vamos, de seguir consumiendo. Por eso, los líderes de estos grupos no se suelen elegir por capacidades personales o intelectuales, ni siquiera por carisma. El poder, en estos grupos, se asocia a la cantidad de marihuana, cocaína, éxtasis…que puedas conseguir. Se añade a esta definición de poder la parafernalia y simbología asociada y tenemos un factor social no muy diferente en interpretación de otros movimientos colectivos. Eso sí, con ciertos efectos secundarios que pueden convertirse en muy problemáticos.
Sobre la hipocresía de los movimientos legalización / antilegalización para explicar el uso del cannabis en enfermos de cáncer
Es relativamente fácil hacer demagogia sobre las sustancias y su implicación en el fenómeno de las adicciones. También es sencillo apelar a sus efectos medicinales y farmacéuticos, especialmente para afectados por enfermedades que resultan muy complejas (por afectado pretendo contemplar al enfermo y su entorno: familia, pareja, amigos, compañeros de trabajo, etc). Lo que no puede consentirse es el uso interesado de medias verdades y la omisión de informaciones y datos concretos en otras ocasiones. En concreto, me gustaría poder analizar el curioso fenómeno que en España se presenta al contemplar el uso terapéutico del cannabis y su relación con el consumo social de sus derivados.
No voy a discutir la necesidad de utilizar los fármacos que sean necesarios para ayudar a combatir o afrontar una enfermedad, sobre todo aquellas que planteen molestias y dolores más o menos permanentes o crónicos. Puede ser realmente insoportable enfrentarse a una esclerosis múltiple o a un tratamiento por un cáncer sin apoyo farmacológico. Con lo que no estoy de acuerdo es con relacionar esa atención a través de medicamentos con el uso del cannabis. Por ejemplo, en Cataluña se está realizando un ensayo clínico con muy buenos resultados (aunque normalmente jamás se publica un ensayo clínico con malos resultados) utilizando un fármaco que se llama “Sativex” que contiene como principio activo sustancias cannabinoides. El problema es que cuando se habla de este ensayo de inmediato se asocia (en algunos casos incluso con imágenes explícitas en medios de información) con personas normalmente jóvenes fumando canutos. ¿Por qué?
La misma imagen no aparece con un antiguo conocido de los cuidados paliativos como los opiáceos (morfina y derivados). ¿Acaso cuando se ha hablado de las sedaciones o los enfermos de cáncer terminales se han mostrado imágenes de personas inyectándose heroína? No, porque los opiáceos (sobre todo la heroína) fuera de la medicina está socialmente estigmatizada y asociada al concepto ”yonki” desde los años 80, definición de “yonki” a la que ninguno de los usuarios del cannabis le gustaría estar asociado. Se habla de parches, de usos paliativos, de analgesia…No de drogas ni de consumos.
De hecho, no es correcto hablar de drogas cuando se menciona el uso médico de las sustancia. Ni siquiera se debería hablar de drogas cuando lo que se plantea es el trastorno adictivo de un grupo de personas. Porque es ahí donde se debería enfocar el problema: no en las sustancias que tienen un objetivo determinado en un contexto y un fin recreativo o adictivo en otro; sino en las personas que deciden que uso/abuso van a proporcionar a esta sustancia, en qué contexto, con qué rituales, por qué motivos y para tapar qué carencias personales y/o emocionales. Este es el problema, no la heroína, la cocaína o el cannabis.
De hecho, el uso “social” del cannabis se está habitualmente asociando a un supuesto consumidor joven que lo utiliza de forma más o menos experimental y que realiza el consumo en unos supuestos rituales grupales socialmente aceptados cuando no consentidos explícitamente por los supuestos adultos responsables. Es cierto que los datos muestran una cantidad muy elevada de jóvenes que consumen habitualmente cannabis (220.00 según la encuesta del Observatorio Español-2007), pero este porcentaje supone tan solo el 35 % de los consumidores detectados por esta encuesta. ¿Qué pasa con esos 380.000 consumidores mayores de 25 años? ¿Dónde está su consumo social? ¿Dónde está la experimentación?¿Cuál son las razones de un consumo tan extendido y aceptado en personas adultas? Escasamente se menciona que España, Dinamarca y Gran Bretaña se han situado como los principales países consumidores de cannabis en Europa y que dicha sustancia se sitúa como la principal demanda de tratamiento por problemas con las adicciones y en las demandas se menciona como droga principal de uso en Europa(OED, 2006).
Hay varios factores más socioeconómicos a tener en cuenta: parece evidente el conocido Síndrome Amotivacional que produce el consumo de cannabis en adolescentes y su relación con el absentismo escolar y el fracaso en los estudios. ¿Por qué no se realiza un análisis similar con los consumidores adultos y el absentismo laboral? ¿Cuál es el porcentaje de las bajas provocadas por el consumo en adultos en edad de trabajar?¿Cuál es el porcentaje de accidentes laborales correlacionados con el uso de cannabis en diferentes actividades profesionales (construcción, transporte, industria…) que requieren plena atención por parte de los trabajadores en muchas ocasiones?(Mayor, 2007).
¿Cuál es la correlación en las unidades de Salud Mental entre consumo de cannabis y trastornos de la personalidad? ¿Cuál son la contigüidad y contingencia entre atracones de cannabis en fases críticas y aparición de trastornos psicóticos? ¿Cuántos de los atendidos en unidades de ayuda para la adicción presentan alteraciones del ánimo sin diagnosticar y consumo de hachís o marihuana? ¿Cuál es la relación entre el consumo de cannabis y los accidentes de tráfico? Y no hablamos solo de muertos, se pueden estudiar los datos sobre lesionados graves en accidentes y las consecuencias que han tenido (Fernández Mondéjar, 2005). Quizás estos datos no interesan y sí los relacionados con el uso del alcohol y la velocidad al volante. Puede ser que la pérdida de concentración, atención y reflejos sea tan peligrosa como la velocidad. Quizás prevenir es también trabajar en evitar todos estos problemas y no solamente el consumo de las sustancias.
Eso sí, estas preguntas no pueden demonizar la sustancia: el consumo de cannabis está documentado desde hace casi 4500 años en China, desde hace 3500 en la india, desde hace 2800 años en Persia, después en Grecia, Roma, Marco Polo, Baudelaire, Delacroix,..Incluso en novelas como “El conde de Montecristo” se explica el uso y los efectos (y creo que todos conocemos dicha novela y no consideramos al pobre Edmundo Dantés principalmente un drogadicto). O sea, su uso cultural y social está presente en diferentes civilizaciones y culturas desde el mismo tiempo que el alcohol y en contextos muy similares.
El problema con el cannabis llegó en su asociación con el movimiento hippy y contracultural y su uso combinado con otras sustancias e integrados en un determinado estilo de vida. Pero ese es el problema: la asociación de esta sustancia a una determinada cohorte social provoca su exclusión en un contexto y su uso exclusivo en otro.
De hecho, me parece un tanto contradictorio el uso supuestamente cultural del consumo actual de cannabis en un contexto social y económico tan diferente como el que nos encontramos en el principio del tercer Milenio en contraste con los movimientos revolucionarios y contraculturales de las décadas de los 60 y 70. Y que los argumentos para demonizar y prevenir dicho consumo sean propios de esa época ya tan lejana y distante en el tiempo y en la mentalidad de los actuales grupos sociales..
El problema (y me supongo que este debe ser mi problema) es que creo que esta opinión requiere un muy profundo análisis cultural y social, más en clave antropológica y de Geografía humana que médico/epidemiológico y psicológico/psiquiátrico. Y al hablar de las drogas (sean cuales sean) al final parece que tenemos que hablar de Sanidad y no de conflicto social.
Quizás deberíamos preguntar los motivos personales y sociales a los consumidores, y no los sanitarios o de salud. Quizás deberíamos ayudar a desentrañar las excusas del consumo de cannabis actual. Quizás sería más sencillo que los consumidores pudieran hablar de carencias, de inseguridades, de presiones grupales, de paz artificial, de anestesia emocional, de complejos, de falta de apoyo familiar, de normas familiares y sociales…Igual la explicación más simple vuelve a ser la adecuada. Igual nuestra responsabilidad es ayudar a hablar del tema con claridad. Y, por favor, sin hipocresía.
No voy a discutir la necesidad de utilizar los fármacos que sean necesarios para ayudar a combatir o afrontar una enfermedad, sobre todo aquellas que planteen molestias y dolores más o menos permanentes o crónicos. Puede ser realmente insoportable enfrentarse a una esclerosis múltiple o a un tratamiento por un cáncer sin apoyo farmacológico. Con lo que no estoy de acuerdo es con relacionar esa atención a través de medicamentos con el uso del cannabis. Por ejemplo, en Cataluña se está realizando un ensayo clínico con muy buenos resultados (aunque normalmente jamás se publica un ensayo clínico con malos resultados) utilizando un fármaco que se llama “Sativex” que contiene como principio activo sustancias cannabinoides. El problema es que cuando se habla de este ensayo de inmediato se asocia (en algunos casos incluso con imágenes explícitas en medios de información) con personas normalmente jóvenes fumando canutos. ¿Por qué?
La misma imagen no aparece con un antiguo conocido de los cuidados paliativos como los opiáceos (morfina y derivados). ¿Acaso cuando se ha hablado de las sedaciones o los enfermos de cáncer terminales se han mostrado imágenes de personas inyectándose heroína? No, porque los opiáceos (sobre todo la heroína) fuera de la medicina está socialmente estigmatizada y asociada al concepto ”yonki” desde los años 80, definición de “yonki” a la que ninguno de los usuarios del cannabis le gustaría estar asociado. Se habla de parches, de usos paliativos, de analgesia…No de drogas ni de consumos.
De hecho, no es correcto hablar de drogas cuando se menciona el uso médico de las sustancia. Ni siquiera se debería hablar de drogas cuando lo que se plantea es el trastorno adictivo de un grupo de personas. Porque es ahí donde se debería enfocar el problema: no en las sustancias que tienen un objetivo determinado en un contexto y un fin recreativo o adictivo en otro; sino en las personas que deciden que uso/abuso van a proporcionar a esta sustancia, en qué contexto, con qué rituales, por qué motivos y para tapar qué carencias personales y/o emocionales. Este es el problema, no la heroína, la cocaína o el cannabis.
De hecho, el uso “social” del cannabis se está habitualmente asociando a un supuesto consumidor joven que lo utiliza de forma más o menos experimental y que realiza el consumo en unos supuestos rituales grupales socialmente aceptados cuando no consentidos explícitamente por los supuestos adultos responsables. Es cierto que los datos muestran una cantidad muy elevada de jóvenes que consumen habitualmente cannabis (220.00 según la encuesta del Observatorio Español-2007), pero este porcentaje supone tan solo el 35 % de los consumidores detectados por esta encuesta. ¿Qué pasa con esos 380.000 consumidores mayores de 25 años? ¿Dónde está su consumo social? ¿Dónde está la experimentación?¿Cuál son las razones de un consumo tan extendido y aceptado en personas adultas? Escasamente se menciona que España, Dinamarca y Gran Bretaña se han situado como los principales países consumidores de cannabis en Europa y que dicha sustancia se sitúa como la principal demanda de tratamiento por problemas con las adicciones y en las demandas se menciona como droga principal de uso en Europa(OED, 2006).
Hay varios factores más socioeconómicos a tener en cuenta: parece evidente el conocido Síndrome Amotivacional que produce el consumo de cannabis en adolescentes y su relación con el absentismo escolar y el fracaso en los estudios. ¿Por qué no se realiza un análisis similar con los consumidores adultos y el absentismo laboral? ¿Cuál es el porcentaje de las bajas provocadas por el consumo en adultos en edad de trabajar?¿Cuál es el porcentaje de accidentes laborales correlacionados con el uso de cannabis en diferentes actividades profesionales (construcción, transporte, industria…) que requieren plena atención por parte de los trabajadores en muchas ocasiones?(Mayor, 2007).
¿Cuál es la correlación en las unidades de Salud Mental entre consumo de cannabis y trastornos de la personalidad? ¿Cuál son la contigüidad y contingencia entre atracones de cannabis en fases críticas y aparición de trastornos psicóticos? ¿Cuántos de los atendidos en unidades de ayuda para la adicción presentan alteraciones del ánimo sin diagnosticar y consumo de hachís o marihuana? ¿Cuál es la relación entre el consumo de cannabis y los accidentes de tráfico? Y no hablamos solo de muertos, se pueden estudiar los datos sobre lesionados graves en accidentes y las consecuencias que han tenido (Fernández Mondéjar, 2005). Quizás estos datos no interesan y sí los relacionados con el uso del alcohol y la velocidad al volante. Puede ser que la pérdida de concentración, atención y reflejos sea tan peligrosa como la velocidad. Quizás prevenir es también trabajar en evitar todos estos problemas y no solamente el consumo de las sustancias.
Eso sí, estas preguntas no pueden demonizar la sustancia: el consumo de cannabis está documentado desde hace casi 4500 años en China, desde hace 3500 en la india, desde hace 2800 años en Persia, después en Grecia, Roma, Marco Polo, Baudelaire, Delacroix,..Incluso en novelas como “El conde de Montecristo” se explica el uso y los efectos (y creo que todos conocemos dicha novela y no consideramos al pobre Edmundo Dantés principalmente un drogadicto). O sea, su uso cultural y social está presente en diferentes civilizaciones y culturas desde el mismo tiempo que el alcohol y en contextos muy similares.
El problema con el cannabis llegó en su asociación con el movimiento hippy y contracultural y su uso combinado con otras sustancias e integrados en un determinado estilo de vida. Pero ese es el problema: la asociación de esta sustancia a una determinada cohorte social provoca su exclusión en un contexto y su uso exclusivo en otro.
De hecho, me parece un tanto contradictorio el uso supuestamente cultural del consumo actual de cannabis en un contexto social y económico tan diferente como el que nos encontramos en el principio del tercer Milenio en contraste con los movimientos revolucionarios y contraculturales de las décadas de los 60 y 70. Y que los argumentos para demonizar y prevenir dicho consumo sean propios de esa época ya tan lejana y distante en el tiempo y en la mentalidad de los actuales grupos sociales..
El problema (y me supongo que este debe ser mi problema) es que creo que esta opinión requiere un muy profundo análisis cultural y social, más en clave antropológica y de Geografía humana que médico/epidemiológico y psicológico/psiquiátrico. Y al hablar de las drogas (sean cuales sean) al final parece que tenemos que hablar de Sanidad y no de conflicto social.
Quizás deberíamos preguntar los motivos personales y sociales a los consumidores, y no los sanitarios o de salud. Quizás deberíamos ayudar a desentrañar las excusas del consumo de cannabis actual. Quizás sería más sencillo que los consumidores pudieran hablar de carencias, de inseguridades, de presiones grupales, de paz artificial, de anestesia emocional, de complejos, de falta de apoyo familiar, de normas familiares y sociales…Igual la explicación más simple vuelve a ser la adecuada. Igual nuestra responsabilidad es ayudar a hablar del tema con claridad. Y, por favor, sin hipocresía.
LA PIRÁMIDE DE LAS DROGAS EN ANDALUCÍA
Durante los últimos 25 años se ha planteado el consumo de sustancias como una escalada progresiva desde las denominadas “drogas blandas” (alcohol, tabaco y cannabis), cuyo uso es fundamentalmente recreativo, hasta las determinadas como “drogas duras” (sobre todo cocaína y heroína), las cuales se pueden convertir en un problema de adicción. Por tanto, para evitar el “caer” en una adicción, se trataría de evitar los consumos de las “drogas duras” y potenciar el uso social de las otras sustancias.
La realidad del consumo en Andalucía es completamente diferente: las sustancias que plantean mayores problemas en riesgos sanitarios y peticiones de atenciones en dispositivos de tratamiento son el alcohol, el tabaco y el cannabis. De hecho, la sustancia que según los últimos estudios neuropsicológicos mayores problemas plantea en el cerebro de sus consumidores es el alcohol. De igual manera, la sustancia que mejor correlaciona con fracaso escolar, absentismo laboral y accidentes de tráfico con lesiones es el cannabis. La sustancia que supone mayor gasto sanitario en Andalucía es el tabaco. De igual manera, los consumidores de “drogas duras” no son consumidores de una sola sustancia: los consumidores de heroína consumen en Andalucía la mezcla de heroína marrón con cocaína denominada “revuelto” o “rebujao”; ya no existe el consumo de heroína blanca procedente de Indochina, por lo que la vía de consumo ha pasado de inyectado a inhalado en papel de plata; los consumidores de cocaína, por su parte, consumen paralelamente alcohol y cannabis, además de mantener otras conductas adictivas como juego patológico, compras compulsivas o sexo sin control.
Sobre el uso “social”, se convierte en un elemento tan poderoso para potenciar la adicción que las sustancias se terminan convirtiendo en el único elemento de socialización, anulando recursos personales y habilidades sociales. La mayor parte de las conversaciones de los consumidores giran alrededor de las vías de consumo, la forma de conseguir las sustancias, las personas que las toman, los lugares donde comprarlas, cómo engañar a la familia para que no se de cuenta del consumo…De hecho, ese uso social crea una estructura de poder dependiendo del acceso que tenga cada uno de los miembros a la sustancia de consumo, así como las posibilidades de adquirirla e invitar que posea. En función de esa estructura social se articulan una serie de relaciones de poder y dominio, camufladas como “amistad” y que en muchos casos conllevan amenazas, humillaciones y pagos en diversos formatos, incluyendo el sexual.
No es necesario entrar en la vivencia de la marginalidad con el consumo de las sustancias. En realidad, cuando se realizan encuestas de cuáles son los motivos por los que se accede a los tratamientos, la respuesta más presente es “Por haber tocado fondo”. Hablamos de personas de muy diferentes procedencias sociales, estatus económicos, vías de consumo, edades, situaciones formativas y laborales….La subjetividad de las drogas es hacer descender al infierno a los consumidores hasta que eligen cambiar de vida y manera de relacionarse. Pero ese es otro apartado que vendrá más adelante.
La realidad del consumo en Andalucía es completamente diferente: las sustancias que plantean mayores problemas en riesgos sanitarios y peticiones de atenciones en dispositivos de tratamiento son el alcohol, el tabaco y el cannabis. De hecho, la sustancia que según los últimos estudios neuropsicológicos mayores problemas plantea en el cerebro de sus consumidores es el alcohol. De igual manera, la sustancia que mejor correlaciona con fracaso escolar, absentismo laboral y accidentes de tráfico con lesiones es el cannabis. La sustancia que supone mayor gasto sanitario en Andalucía es el tabaco. De igual manera, los consumidores de “drogas duras” no son consumidores de una sola sustancia: los consumidores de heroína consumen en Andalucía la mezcla de heroína marrón con cocaína denominada “revuelto” o “rebujao”; ya no existe el consumo de heroína blanca procedente de Indochina, por lo que la vía de consumo ha pasado de inyectado a inhalado en papel de plata; los consumidores de cocaína, por su parte, consumen paralelamente alcohol y cannabis, además de mantener otras conductas adictivas como juego patológico, compras compulsivas o sexo sin control.
Sobre el uso “social”, se convierte en un elemento tan poderoso para potenciar la adicción que las sustancias se terminan convirtiendo en el único elemento de socialización, anulando recursos personales y habilidades sociales. La mayor parte de las conversaciones de los consumidores giran alrededor de las vías de consumo, la forma de conseguir las sustancias, las personas que las toman, los lugares donde comprarlas, cómo engañar a la familia para que no se de cuenta del consumo…De hecho, ese uso social crea una estructura de poder dependiendo del acceso que tenga cada uno de los miembros a la sustancia de consumo, así como las posibilidades de adquirirla e invitar que posea. En función de esa estructura social se articulan una serie de relaciones de poder y dominio, camufladas como “amistad” y que en muchos casos conllevan amenazas, humillaciones y pagos en diversos formatos, incluyendo el sexual.
No es necesario entrar en la vivencia de la marginalidad con el consumo de las sustancias. En realidad, cuando se realizan encuestas de cuáles son los motivos por los que se accede a los tratamientos, la respuesta más presente es “Por haber tocado fondo”. Hablamos de personas de muy diferentes procedencias sociales, estatus económicos, vías de consumo, edades, situaciones formativas y laborales….La subjetividad de las drogas es hacer descender al infierno a los consumidores hasta que eligen cambiar de vida y manera de relacionarse. Pero ese es otro apartado que vendrá más adelante.
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