lunes, 10 de agosto de 2009

VUELO SIN MOTOR

¿Alguna vez has volado sin alas?¿Te ha dado el viento en la cara?¿Has notado el vacío en el estómago y la boca seca del miedo absoluto a caerte al vacío? Es una sensación que te obliga a sentirte libre. Porque no hay nada más pequeño que tú, no hay nada más grande que el cielo y el sol, no hay nada mejor que ser uno con el viento. El viento soplando alrededor de tí, dándote en la cara, haciéndote disfrutar. Volar, como Ícaro, como Leonardo, como tantos otros. Genial.

lunes, 3 de agosto de 2009

UNIVERSITAS

El día anterior a mi primera matriculación en la Universidad mi padre me echó de casa. Fue por una discusión lógica dentro de su cabeza: yo estaba obligado a ser un hombre de provecho y estudiar para ser un empresario como él; sin embargo, mis intereses iban más por ser un hombre de Letras, a pesar de haber sido obligado a estudiar la opción A (Física, Química, Matemáticas y Dibujo Técnico) entregando en mi instituto un sobre de matrícula completado y cerrado en casa por sus propias manos. Para él mi inquietud por el estudio del ser humano, la filosofía y la lectura en general era una cuestión de sexualidad (en concreto, aunque con peores palabras, de homosexualidad) y la consecuencia de mi estado habitual de vagancia y pasotismo. Ese pasotismo no era óbice para que yo trabajara todos los veranos como albañil en la empresa paterna haciendo obras públicas (o sea, calles) a pesar de mis notas que, tras estos premios y apremios, iban reduciéndose progresivamente. El fin de todo este conflicto fue que mi primera noche en mi ciudad universitaria estuve tirado en un parque en construcción, con un cacho de espuma de colchón como almohada y tapado con unos cartones. Sin dormir y destrozado física y moralmente fui a la Facultad de Letras a matricularme. Tan hundido iba que una asignatura que era optativa entre dos posibilidades me la eché a cara o cruz. Salió cara, creo que al final esa moneda me ha dado suerte (muchos años después, eso sí). La asignatura que salió cara se ha convertido en mi segunda carrera.
El paso siguiente fue deambular por las calles buscando un agujero donde esconderme. Encontré un palacio cortesía de unos vividores amigos míos que se ganaban el vicio (porque el pan se lo pagaba su padre) jugando a las cartas en timbas ilegales que se celebraban en pisos de estudiantes y colegios mayores. Descubrí ahí una gran habilidad para contar cartas (lo que me valió el sobrenombre de “Rainman”, por la película de Dustin Hoffmann) y para no mostrar mis sentimientos. Esa habilidad no me ayudó gran cosa, más bien me hizo endurecerme más y más cada día.
Esa dureza me permitió sobrevivir a pesar del gran dolor por la ausencia de mi familia y el rechazo absoluto de mi padre. Tan extrema era su intención de borrarme de su vida que un día se presentó en el piso de mis vividores amigos (lo que me supuso una pelea a puñetazos con el chivato hermano de una amiga de mi padre) para supuestamente tomarme un café con él y charlar amistosamente. Mi sorpresa fue mayúscula al encontrarme en la cafetería con el abogado de la familia (las empresas se iban complicando a medida que su dipsomanía iba aumentando y requerían de presencia continua de asesores legales) y recibir la noticia de que cualquier información que quisiera transmitir o recibir tenía que ser a través del abogado. Flipa, colega. Todo eso adornado con una enorme cantidad de tacos relativos a mi hombría y mi falta de valor y volumen testicular. Dicho esto, y sin pagar el café, se levantaron ambos dos y me dejaron sentado en la mesa con la cara como un cuchillo y unas ganas enormes de romper a llorar. En mi vida me he sentido más rechazado. Por mi propio padre.
Encontré en este rechazo la excusa que me hacía falta para perder la poca gana de complicarme la vida que tenía en ese momento. Dediqué la mayor parte de los siguientes tres años a utilizar cualquier cosa y a cualquier persona que se me pusiera a tiro para tapar mis carencias: miedos, inseguridades, dudas, complejos…No quisiera entrar en detalles acerca de esto, la verdad es que me siento bastante culpable de haberle hecho daño (ya sea físico o moral) a otras personas que no tenían responsabilidad en mi situación. Una vez, años después, me encontré en un bar con una chica con la que había tenido relaciones sexuales y a la que había dejado tirada mientras dormía; yo aproveché su sueño para escabullirme como un ladrón. Al verme tiempo después se me plantó delante y me espetó: “Y yo creía que había encontrado a alguien especial”. Me dolió ver que tenía razón y aceptar en lo que había llegado a convertirme. En una bestia. En un animal.
Quizás eso fue lo peor de todo. Era cierto que estaba haciendo daño a personas que no se lo merecían. El problema eran los motivos por lo que terminaba haciendo ese daño. Estar solo, no tener apoyos, no recibir ayuda, no tener a nadie capaz de decirme “No puedes hacer …” me iba convirtiendo de manera cada vez más acelerada en una sombra del chaval ilusionado que quería leer, escribir, estudiar, investigar, disfrutar, ver cine, charlar de libros…La excusa de la soledad no servía cuando reflexionaba y miraba en mi interior. Sabía que no quería vivir toda mi vida con odio ni con rencor. Sabía que por el camino que iba me iba a convertir en un amargado lobo solitario. En un Don Nadie.
Hay un momento en que no te puedes engañar. En que por muy borracho que esté, por muy drogado que estés, por mucho que te rías y que le pases el brazo por el hombro a algún colega tú sabes que estás solo. Que todo es mentira. Que no hay nadie que te conozca de verdad. Que no te has permitido el lujo de dejar a ninguna persona entrar en tu corazón y tu mente. Te lo estás perdiendo, macho. Vas quemando etapas y cada vez te queda menos energía, menos ganas, menos fuerza, menos horizonte, menos salida del túnel…Llega un momento en que tú lo sabes, no hace falta que nadie te lo explique. A veces, ni siquiera hace falta una explicación.
La facultad era una especie de refugio para mí. Lo poco que iba me servía para reconciliarme con la vida, me insuflaba una energía y unas ganas de seguir luchando que no encontraba en ninguna otra faceta de mi mundo. La biblioteca me parecía un laberinto mágico, lleno de rincones con tesoros ocultos, manuales de trato personal, poemas y novelas llenas de ilusiones, libros de filosofía de la moral, estudios sobre el ser humano…Oxígeno para mi cerebro embrutecido. Esperanza para mi alma anestesiada. Volver a ser yo, puede que no el mejor yo posible pero sí un yo bastante aceptable. Detrás de la capa de cinismo que me pinté quedaba un poquito de madera de calidad aceptable que todavía se podía aprovechar.
Volví a disfrutar del contacto humano, sano y sin interés. Volví a reírme sin fingir ni mostrarme escandaloso, volví a hablar de mí, volví a escuchar a una persona hablando de verdad. Aprendí de nuevo, en lo académico de personas maravillosas a las que se notaba disfrutar en su trabajo; en lo personal de tener unas metas y equivocarme para conseguirlas.
Las asignaturas me las iba sacando poco a poco. Dejé de vivir con los golfantes por cuestiones puramente médicas: tantas mentiras me ponían enfermo. Empecé a trabajar por cuestiones meramente alimenticias en puestos sin cualificación ni contrato. A veces sin dignidad siquiera: albañil, haciendo mudanzas, ayudando a elaborar el catastro, vendiendo seguros…Me especialicé en la hostelería. Trabajo fácil si eres malo, bien pagado si eres bueno. Era educado, no era feo, estaba cansado de ser un vividor y me apetecía ganarme algo por mi propio esfuerzo. Aprendí un oficio que me sirvió bien durante gran parte de mi vida. No puedo renegar de ello, sería bastante injusto por mi parte.
Volví a casa, mi padre salió de ella. Fue duro, fue bonito, fue triste, fue…Fueron tantos sentimientos que había ocasiones en que se te olvidaba todo lo que había pasado y destelleaban fogonazos de recuerdos buenos, malos y peores en tu cabeza. Casi podías verlo detrás de tus ojos, tan solo cerrando y apretando fuerte. A pesar de eso, volví a poder dormir por las noches, un auténtico lujo. Y dejé de soñar con la escena del café y el abogado. Eso sí, tras la tormenta se presentó una realidad de pobreza y desamparo que nadie sabía cómo se podría terminar.
El Estado español nunca tuvo a bien darme una ayuda económica ni material. Ni dinero, ni libros, ni bonos de autobús… Miento, una vez me concedieron una beca con tan buen criterio y conocimiento de mi situación que el dinero lo ingresaron en una cuenta que teníamos a medias como titulares mi padre y yo. El hombre, Dios lo tenga en su Gloria, se bebió toda la pasta a mi salud. Descanse en paz.
¿Para qué iba a querer yo una subvención, teniendo restaurantes y discotecas donde trabajar? Gracias al PSOE y al PP yo he aprendido lo que significa el trabajo duro, la constancia, la humildad, la disciplina, el miedo a perder un trabajo, el aceptar trabajar sin contrato para poder pagarme los estudios y aportar dinero en mi casa para colaborar con mi madre y hermanos. Debo ahora dar las gracias a sus señorías de los partidos políticos que eligieron mostrarme ese camino de duro aprendizaje: Muchas gracias, señorías. Por cierto, ¿han probado ustedes a estudiar un mes de Junio (o de Septiembre, que para el caso es lo mismo) después de estar 16h de pie corriendo de mesa en mesa o de un lado a otro de una barra? Ah, perdón, que muchos de ustedes no han terminado sus estudios universitarios. Enhorabuena, a pesar de su formación han prosperado ustedes en la vida y son un gran ejemplo para la juventud (sic).
Parece un milagro, pero a partir de ahí la tranquilidad y el disfrutar de los (pocos) momentos de lectura y estudio convirtieron mi vida en algo apasionante. Conocer a un persona a la que amar y regalar libros de Saramago, ir poco a poco terminando la carrera, apreciar el mérito de tu trabajo diario consigas o no la recompensa de la nota final, utilizar la cordura y renunciar a hacer algún examen para el que no has estudiado (porque no has tenido tiempo material) lo suficiente, repasar materia en los autobuses (¡bendita Alsina Graells del Sur!), salir a correr el día antes para llegar relajado a las pruebas…Sobre todo, disfrutar de dar lo mejor de mí mismo cada día. De amar la vida y mostrarlo. De querer a las personas que valen y decirlo cada día, con palabras y hechos. De ser feliz y demostrarlo. Hasta hoy.
Ahora que estoy “Calvius, gordus, lentus” me doy cuenta de lo afortunado que soy. Mi fortuna me ha llevado a ser licenciado en la titulación universitaria que yo he querido elegir, estar actualmente cursando estudios de otra licenciatura y tener el privilegio de trabajar en la materia que he estudiado. Además tengo la inmensa fortuna de ser tutor externo de los alumnos de último curso de la licenciatura que he estudiado. De ayudarles a entender que los estudios sirven si tú los haces valer. Que las personas están por encima de los títulos. Que el trabajo vale tanto o más que el dinero. Que la universidad sirve para mucho más que acumular conocimientos. Y respetar que tarden su tiempo en encontrar su camino del mismo modo que yo tardé en encontrar el mío.
Eso implica el intentar transmitirle, desde mi vivencia, la ilusión y el compromiso necesarios para ser fiel a ti mismo, por muy duras que se te pongan las cosas. Si disfruto con lo que hago, tengo que decirlo y demostrarlo. Si amo mi trabajo tengo que expresarlo con mis hechos. Si quiero a las personas tengo que cumplir con mis compromisos. Y procurar ser feliz. Muy feliz. Gaudeamus igitur…

MUNDO

¿Cómo puedo cambiar el mundo si ni siquiera puedo cambiar yo mismo, ni siquiera estoy dispuesto a renunciar a alguna de mis inmensas comodidades de español de clase acomodada?
¿ Si para mí la montaña es una pista de atletismo vertical por donde correr sin control ni medida?
Soy un ruralita. Adoro la montaña como espacio de vacaciones, como templo de ocio, como paisaje privilegiado….
Me levanto una mañana y veo que ese espectáculo natural ha ardido. Ha sido una consecuencia lógica del abandono, de la desidia, de la acumulación de desperdicios naturales que nadie recogió, que ninguna familia hizo leña y utilizó como combustible natural para calentarse y hacer de su chalet un hogar acogedor. Esos restos se mezclaron con basuras plásticas, con botellas, con latas…con todos aquellos envases que no quisimos reaprovechar.
No nos dimos cuenta de que en realidad para nuestro planeta Tierra nosotros somos poco más que acumulaciones de bacterias eucarióticas que se alimentan de ella, que parasitan sus nutrientes sin devolver nada a cambio. Pero no somos las primeras generaciones de bacterias en la Tierra, no somos la primera especie de organismos pluricelulares que la madre Gaia elimina antes de desaparecer. Nosotros nos creemos únicos, particulares, geniales. Somos los más grandes depredadores de la historia, más que los dinosaurios, ¿más que los virus?
No sabemos nada del lugar donde vivimos, no aceptamos que en realidad somos la carcasa que utiliza nuestro código genético para perpetuarnos. Nos creemos inmortales y nuestro paso por la madre Tierra va a ser un segundo de su vida. Un segundo de su muerte.
La mataremos, sin dudarlo. La quemaremos sin parpadear. Fundiremos sus tesoros en lingotes, dejaremos la escoria en su superficie a cambio. Horadaremos su corteza como una venganza a su bondad, por poner sus riquezas en nuestras avariciosas manos. Nos creeremos más listos que cualquier otra especie natural, animal o vegetal.
Mi montaña ardió. Me dio igual, me busqué otra en otra ciudad y me dediqué a hacerle lo mismo: a disfrutar sin medir las consecuencias, a rechazar mi responsabilidad como parásito, a olvidar mi compromiso como ser vivo.
Quizás es que no estoy vivo, que mi anestesia es tan profunda que no llega hasta mi corazón el lamento de mi madre Tierra, que el duelo por la muerte de mi monte se bloqueó como el agua de un torrente, como las presas gigantes taponan y destruyen el cauce natural de los ríos y ayuda a que la vida se desangre. De una manera tan brutal y primitiva que no puede denominarse más que como “humana”.
¿Cómo puedo cambiar mi planeta si ni siquiera puedo cambiar yo mismo?
No lo sé. Te prometo, madre Tierra, que no lo sé.