lunes, 3 de agosto de 2009

MUNDO

¿Cómo puedo cambiar el mundo si ni siquiera puedo cambiar yo mismo, ni siquiera estoy dispuesto a renunciar a alguna de mis inmensas comodidades de español de clase acomodada?
¿ Si para mí la montaña es una pista de atletismo vertical por donde correr sin control ni medida?
Soy un ruralita. Adoro la montaña como espacio de vacaciones, como templo de ocio, como paisaje privilegiado….
Me levanto una mañana y veo que ese espectáculo natural ha ardido. Ha sido una consecuencia lógica del abandono, de la desidia, de la acumulación de desperdicios naturales que nadie recogió, que ninguna familia hizo leña y utilizó como combustible natural para calentarse y hacer de su chalet un hogar acogedor. Esos restos se mezclaron con basuras plásticas, con botellas, con latas…con todos aquellos envases que no quisimos reaprovechar.
No nos dimos cuenta de que en realidad para nuestro planeta Tierra nosotros somos poco más que acumulaciones de bacterias eucarióticas que se alimentan de ella, que parasitan sus nutrientes sin devolver nada a cambio. Pero no somos las primeras generaciones de bacterias en la Tierra, no somos la primera especie de organismos pluricelulares que la madre Gaia elimina antes de desaparecer. Nosotros nos creemos únicos, particulares, geniales. Somos los más grandes depredadores de la historia, más que los dinosaurios, ¿más que los virus?
No sabemos nada del lugar donde vivimos, no aceptamos que en realidad somos la carcasa que utiliza nuestro código genético para perpetuarnos. Nos creemos inmortales y nuestro paso por la madre Tierra va a ser un segundo de su vida. Un segundo de su muerte.
La mataremos, sin dudarlo. La quemaremos sin parpadear. Fundiremos sus tesoros en lingotes, dejaremos la escoria en su superficie a cambio. Horadaremos su corteza como una venganza a su bondad, por poner sus riquezas en nuestras avariciosas manos. Nos creeremos más listos que cualquier otra especie natural, animal o vegetal.
Mi montaña ardió. Me dio igual, me busqué otra en otra ciudad y me dediqué a hacerle lo mismo: a disfrutar sin medir las consecuencias, a rechazar mi responsabilidad como parásito, a olvidar mi compromiso como ser vivo.
Quizás es que no estoy vivo, que mi anestesia es tan profunda que no llega hasta mi corazón el lamento de mi madre Tierra, que el duelo por la muerte de mi monte se bloqueó como el agua de un torrente, como las presas gigantes taponan y destruyen el cauce natural de los ríos y ayuda a que la vida se desangre. De una manera tan brutal y primitiva que no puede denominarse más que como “humana”.
¿Cómo puedo cambiar mi planeta si ni siquiera puedo cambiar yo mismo?
No lo sé. Te prometo, madre Tierra, que no lo sé.

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