Yo nunca dije que quería irme, jamás pensé en rendirme. Sentí miedo a quedarme solo, Dios y mi hermano lo saben. También suspiré de alivio al terminar mi tortura.
Ahora lo veo como una bendición, un privilegio, el lujo de reconocer la parte sucia de mí.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario