No puedo dejar de pensar que mi error fue dejar de sentir. No puedo evitar saborear lo amargo de cada derrota como un triunfo de mis sentimientos. No me quiero contener al sentir el sabor salado de la sangre en mi boca, incluso de mi propia y adorada sangre. Es genial sentirse liberado de los viejos prejuicios y descubrir que lo mejor que hay en tí es la parte más sucia de tu ser y tu alma. Y no me avergüenzo de ella. Ya no.
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